I Concurso Literario por un Sahara Libre!

GDEIM IZIK

AL CAER LA NOCHE 

Al caer la noche, el pasado se funde con el presente. Ha transcurrido un año que me ha parecido eterno. Al mirarme en el espejo no me reconozco: pelo encanecido, nuevas arrugas en la piel y ojos apagados son el testimonio de un dolor que nunca va a mitigarse.

Mi abuela solía contarme historias de su vida nómada. Conservaba amorosamente su  jaima, sus alfombras y el largo palo de bambú en una habitación vacía. Siempre añoró los largos viajes a través del desierto en busca de la lluvia y del pasto.

¿Qué hacer cuando la vida se hace insoportable?  ¿Qué determinación tomar cuando comprendes que sólo queda el camino incierto de la batalla?

 Me dijeron vamos, y yo recogí unas pocas provisiones y me marché con ellos.  Levantamos nuestras jaimas para mostrar al mundo que noviembre puede ser abril. No fue nada fácil porque el opresor es poderoso y no atiende a razones. Los víveres empezaron a escasear. Estábamos cercados por tierra y por aire. Nos bloquearon e impidieron el paso a tiros. Murió un niño y yo recuerdo que me pregunté cómo su madre podía soportarlo.

A pesar de las dificultades nos las arreglamos para resistir. La nuestra es  una estirpe fuerte acostumbrada a sobrevivir en la más adversa de las circunstancias. Nunca nos rendimos a las sequías pertinaces ni a los vientos inclementes.  Aprovechábamos lo que teníamos y esperábamos tiempos mejores.

No creímos que se atrevieran porque, aunque ellos intentaron silenciarnos, teníamos amigos en todo el mundo que se hacían eco de nuestra voz.  Nadie permanecería impasible si  nos hacían daño.  No teníamos más armas que nuestras manos y nuestra convicción. Las ideas no pueden destruirse con balas y con bombas.

Nos equivocamos, se atrevieron y el amanecer se tornó ocaso. La confusión de polvo, fuego y agua me separó de mi hijo: un bebé de pocos meses. No pude encontrarle y mientras me alejaba pensé que alguien lo habría recogido y que, cuando aquella furia amainara, volveríamos a reunirnos. Mis senos rebosaban de leche baldía que se derramaba sobre mis ropas teñidas con la sangre de mis hermanos y compatriotas. Ocultos en casas seguras esperábamos para poder salir.

Les bastaron pocas horas para borrar el testimonio de aquel otoño que todos creímos primavera.

No pude encontrarle. Casa por casa, persona por persona pregunté, indagué, busqué como una loca.  Había tantas personas desaparecidas de las que nadie sabía nada, unos encerrados en las cárceles y otros bajo la tierra de lo que había sido un frig repleto de ilusiones. Muchas familias encontraron a sus hijos pequeños extraviados en aquel huracán de violencia. Otros aún seguimos alimentando una pequeña llama en el fondo de nuestros corazones. Pueden secarse las fuentes, cegarse los pozos, deshacerse las dunas y caer las montañas pero la esperanza de las madres permanece siempre encendida.

Me ha parecido reconocerle tantas veces…¡tantas! En las risas, en los llantos, en los rasgos o en el color de unos ojos. Hace un mes fue distinto, supe que aquel pequeño que iba de la mano de la extranjera era Ali. Le reconocí por la curva de su boca, por su nariz respingona, por sus dedos largos iguales a los de mi esposo y por el indicio de la marca de nacimiento en el cuello.

 La mujer, llena de orgullo e impunidad pero con el temor acurrucado detrás de las palabras altaneras, me espetó:

-¿Qué miras?

– Al niño.

La sangre huyó de su rostro. Cogió al pequeño en brazos y se alejó rápidamente de allí. Acomodé mis pasos a los suyos y la seguí confundida entre la gente.

Cada día me escondo cerca de su portal para verle,  visto melfhas de colores discretos y procuro ocultar mi  rostro.

La expoliadora tiene miedo, sale con el niño y lanza miradas a su alrededor, sus pasos son rápidos, se vuelve hacia atrás con frecuencia como si presintiera mi presencia.

Ayer mismo pasé tan cerca que pude aspirar el aroma de mi hijo.  Otros días oigo su voz  en el patio.

-Mamá, mamá, mamá.

La ausencia es tan amarga como  dulces las palabras infantiles que la suave brisa  me regala, cada día, mientras espero entre las sombras.

ESTÉRIL

La mirada fija e hipnótica de aquella mujer de la melfha azul llenó mi alma de zozobra. No puedo olvidar el brillo acerado de aquellos ojos grandes y rasgados que lucían en el centro de un rostro descarnado.

Reuní el valor para preguntarle e imprimí un tono despectivo a mis palabras. Me respondió que miraba a mi hijo.

Parecía una loca peligrosa. Llena de malos presentimientos me alejé del lugar tan deprisa como  pude. Cerré la puerta de la cancela. Estaba jadeando, el temblor de mis piernas era tan intenso que me dejé caer sobre las baldosas para recuperar el aliento.

En diez años de matrimonio Alá no quiso bendecirnos con un hijo. Soy una mujer seca como esta tierra extraña y hostil en la que la semilla no fructifica. Mes tras mes, se desvanecían mis esperanzas de ser madre. A mi marido no parecía importarle, decía que si los hijos no llegaban era porque Dios así lo había dispuesto. El no entendía, es un buen hombre pero no comprende qué significa ser mujer. Estéril era la palabra que veía escrita en mi cara cada vez que me miraba al espejo. La melancolía se apoderó de mi. Me dolía el vacío de mis brazos. Todo el amor que llevaba dentro se pudría y  envenenaba mis días.

Era noviembre, la ciudad ardía, se oían disparos y explosiones en los barrios de los nativos. ¡Malditos alborotadores! Sufría por mi marido que estaba al mando de un destacamento militar. Rogaba para que no le ocurriera nada.

Por fin, se abrió la puerta y el llegó: despeinado, sucio, sudoroso con un bulto en los brazos. Antes de que pudiera preguntar me lo mostró. Era un niño.

Le estreché contra mi pecho.

¿De dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo?  Todas las preguntas tenían una única respuesta: Gdeim Izik.

– Oí sus gorjeos, debajo de una lona. Fue un milagro que sobreviviera. Alá le salvó para nosotros. Es un regalo del cielo- me explicó mi marido.

Ya no hubo más preguntas, sería mi hijo. No pensé en la madre, no me importó, me dije que lo más probable era que estuviera muerta y si no lo estaba, lo tenía merecido por haberle abandonado.

 Mi niño de rizos oscuros y ojos brillantes llegado del caos había dado sentido a mi vida.

Mi esposo se ocupó de todos los trámites. Es un hombre poderoso a quien todos deben algún favor.

Aquella aparición súbita me hizo temblar.

 Mi hijo tiene una marca en el cuello, una mancha en forma de duna, una media luna perfecta de color de arena, por eso me fui tan rápido como pude, antes de que aquella mujer pudiera verla.

Aún encerrada entre las paredes de mi casa me siento vigilada. Sé que ella  está fuera, acechando.  Me sigue a donde quiera que vaya.  Es una presencia invisible y constante.

No puedo recordar sus rasgos, sólo su mirada y el tono decidido de su voz.

-Tenemos que marcharnos- le suplico a mi marido- es preciso que nos vayamos de aquí. Pero no es tan fácil abandonarlo todo y partir.

Hace un año era el vacío, hoy es el temor  que se ha apoderado de mi vida lo que me impide ser feliz.

Por las noches me duermo con una mano en la cuna. Mis sueños se pueblan de pesadillas terribles.

Me repito una y mil veces que es mi hijo, que nadie va a quitármelo pero en lo más íntimo de mi ser sé que no es verdad, que, oculta entre las sombras, está una mujer sin rostro que nos observa.

Nuestras vidas están conectadas por este niño que crece a mi lado. Cuando me llama mamá siento que sus palabras huyen raudas hasta la desconocida que las recoge  entre sus manos y las guarda en un lugar  en el que no me está permitida la entrada.

Autora: Antonia Pons Valldosera

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