I Concurso Literario por un Sahara Libre!

LA HUELLA DEL NAPALM

Selma Abdalahe ha sido madre recientemente de gemelos. “¿Por qué tanto odio entre los hombres? No lo entenderé jamás. Los españoles se fueron, nos abandonaron; los marroquíes nos echaron de nuestras casas”.

Pero ¿a dónde voy yo con dos criaturas de tres meses: mis gemelos, Fadil y Mohamed? Estoy desesperada. Todos se han ido y yo me encuentro inmovilizada. Los “polisarios” han venido a buscarme dos veces. “Yo no puedo salir de casa en estas circunstancias” les dije sin mucho convencimiento. Será nuestro fin.

Huele a muerte por todas partes. Los disparos suenan y las bombas que caen de los aviones son atronadoras. La casa de adobes tiembla con cada estruendo. Hay desconchones de balas y metralla por todas partes. Cuerpos inertes yacen por las calles y por los suburbios.

A la tercera va la vencida. Nayem, mi marido ha venido a buscarme. La situación es vital: “Ya he tomado la decisión: si me quedo me matan a mi y a los niños, si me voy…”

Nayem es oficial del ejército. Ha conseguido un Land Rover desvencijado, prestado por el ejército español. Al salir de la casa miro hacia el mar: aquí se funden las inmensidades de la tierra y el mar, oigo las olas en las rompientes de la playa, el olor de la humedad salitrosa y el movimiento oscilante de nuestra barca varada. Los ojos llenos de lágrimas me enturbian el recuerdo.

Vamos toda la familia apiñados en el vehículo. Nayem conduce a través del desierto. Las bombas han quedado atrás, suenan lejanos los estampidos. Los fuegos rompen la tranquilidad de la noche. El coche no tiene luces, bueno si las tiene pero Nayem no las enciende para ocultar nuestra posición al enemigo. “Viajar de noche es lo más seguro ahora para nosotros. No tenemos nadie que nos proteja” dice Nayem.

El hijo y la hija mayores están asustados, no paran de llorar: Sidi de 7 años y Sektu de 5. Cuando se cansan de llorar se duermen. Los gemelos siempre lloran de hambre y despiertan a Sidi y a Sektu. Halifa es una sobrina de 16 años que me está ayudando desde hace varios meses. Esto es insoportable. La huida es a ninguna parte:

—   ¿A dónde vamos, Nayem? —Le pregunto al marido.

—   Nos están esperando en el desierto las caravanas. —Me contesta enfurecido.

—   Los gemelos tienen hambre, no lo estás oyendo. Tienes que parar.

—   Ahora no podemos parar. Estamos en peligro. Si nos divisa alguna patrulla o algún avión… — Dice con rotundidad Nayem.

Los llantos en el coche se multiplican, suenan más que el viejo motor del Land Rover desvencijado. Sólo por los gritos podía dar la señal de alarma. Nayem hierve de ira:

—   Callaos todos. —Grita como si fuera una orden militar.

Todos guardan silencio y aguanta hasta la respiración. Excepto los gemelos, rebeldes hacen lo que les viene en gana: la prioridad es mamar. Selma pone a mamar a los dos gemelos, primero a Fadil, luego a Mohamed. Se callan momentáneamente y se duermen. Al amanecer después de una jornada de viaje se encuentran en medio de la nada. Comen un poco y descansan. A las dos horas otra vez a Land Rover.

— ¿Dónde estamos Nayem? —le pregunta Selma con paciencia.

— No lo sé. —Es toda la respuesta.

—   ¿Es posible que no lo sepas? —Le increpa la mujer con la cara roja de ira— Sólo nos queda agua para hoy. ¿Cuándo vamos a encontrar a esas caravanas?

—   En las cercanías de Bir Lehlu, hacia el norte. Tenemos que llegar como sea, esa es nuestra única posibilidad. Por favor, no me lo pongas más difícil. Le contesta Nayem tratando de transmitir tranquilidad.

Los hijos y la sobrina asisten a la discusión como espectadores. Un ruido atronador nos sorprende en mitad del desierto. Un caza marroquí sobrevuela muy bajo: nos ha descubierto. Suena el “ratatata” de las ametralladoras. Nayem detiene el coche y nos obliga a bajar a todos gritando fuera de sí.

—   Fuera del coche todos, vamos fuera. Rápido. Fuera. Fuera. Coger a los niños y tumbaros en el suelo. Y no os mováis.

Selma ha cogido a Fadil, Halifa a Mohamed, Sektu y Sidi; todos corren despavoridos.

—   Todos al suelo. —Grita Nayem.

Los cuerpos caen en medio de una polvareda. El silbido aterrados de las balas rebotando en el suelo y el ruido del reactor vuelven con más virulencia. Una bomba es lanzada por el avión: “booom” revienta con una fuerte llamarada a quince metros del suelo. Aturdidos por los estruendos cercanos y sorprendidos por una ola de calor infernal. Nada vemos, nada sentimos: es nuestro fin. El humo y el calor nos ahoga, nos abrasa en la garganta.

El ruido se aleja y el llanto de los pequeños rompe la tranquilidad postrera a la tempestad del napalm. Poco a poco vamos recobrando la vitalidad. El miedo de los niños Sidi y Sektu nos mantiene tumbados al suelo, acurrucados el uno contra el otro, con las manos tapándose la cara y los oídos. La nube de humo lo envuelve todo. Al lado de Nayem, hay un charco de sangre; sin proferir un solo grito se retuerce en el suelo de dolor. Nayem está herido en un hombro.

El Land Rover está ardiendo, junto con unas cuantas pertenencias y enseres. Todos está perdido. La desolación nos embarga. Nuestras miradas se encuentran. Nos preguntamos: “¿Por qué a nosotros? ¿Qué hemos hecho?”.

Poco a poco se restablecen del aturdimiento. Van recuperando la consciencia. Huele a quemado, es horrible. Las gargantas y las narices están abrasadas por el fósforo, como si no sintiéramos ni tragar. Respirar es una necesidad: algo fresco y húmedo. Estamos en el desierto, esto es la nada. Ahora por no tener no tenemos ni agua.

—   Los niños. ¿Qué va a ser de mis niños pequeños? —Llora Selma desconsoladamente.

Halifa atiende a Nayem e intenta taponar la herida para que no pierda mas sangre.

—   Tenemos que apagar el fuego del coche inmediatamente. —Dice entre sollozos de dolor Nayem— no nos podemos detener, tenemos que estar cerca de Bir Lehlu allí hay agua y nos pueden ayudar los nuestros.

Los niños Sidi y Sektu se afanaron en apagar las llamas del Land Rover tirando arena y lo consiguieron. Cuando terminaron estaban exhaustos. El calor del sol a esa hora de la mañana era sofocante pese a ser febrero.

Comenzaron a caminar en la dirección que Nayem les había aconsejado. La sed, la mayor enemiga del desierto pronto hizo mella en todos. Cuando Selma daba el pecho a los gemelos todos la miraban con deseo. La sed embota los sentidos y descontrola las emociones. Los tragos de los pequeños agudizó la desesperanza y una desazón planeo sobre toda la familia como una bandada de buitres oliendo a las víctimas seguras del desierto.

Caminaban lentamente cuando otearon dos vehículos. Su primera reacción fue esconderse. Muertos de miedo, aterrados, ya se vieron en un campo de concentración marroquí, presos de su mala fortuna. La vista en el desierto es engañosa: creyeron ver en el horizonte agua y palmeras, la imaginación, la sed y la desesperación desenfocan la realidad.

Nayem deliraba por la fiebre. Sin agua y sin alimento sucumbiríamos al desierto y a la maldita guerra. Los coches militares se acercaron. Halifa vio la bandera saharaui pintada en la puerta de los vehículos: estaban salvados, eran amigos.

Fuimos conducidos a Bir Lehlu y nos dieron agua y algo de comer. La situación de todos los saharauis que allí estábamos era muy similar a la nuestra. Nos contaron que las caravanas habían sido bombardeadas en varias ocasiones, que había muerto mucha gente en el camino, y que no había tiempo de enterrar a los muertos.

La mejoría de Nayem fue inmediata. A la semana de llegar a Bir Lehlu, el 27 de febrero de 1976 el Frente POLISARIO proclamó la República Árabe Saharaui Democrática, mi país, aunque en una tierra que no es la nuestra. Nos salvamos todos los de mi familia. 30 años después mi cara es el reflejo de la dureza del desierto, cada arruga el vapuleo de una guerra que no termina, el sufrimiento de la vida en el desierto. Y en la garganta aun me escuece el napalm y el fósforo blanco. ¡Dichosas bombas!

Si entonces no sucumbimos, ahora, tras estas terribles inundaciones, tampoco. Los gemelos Fadil y Mohamed son capitanes en el ejército. Con ellos conseguiremos volver a nuestro país. Aún conservo esta llave de la casa de Dajla, la que llamabais Villa Cisneros. Mis nietos mamarán frente al Atlántico, y esto será como una pesadilla que nunca debió suceder.

Los hechos están ahí. Los míos y yo fuimos testigos, como otros muchos saharauis. Los daños del napalm  aún están frescos, como tantos años de guerra, muerte, hambre, dolor, injusticia… El sufrimiento deja huellas indelebles, yo sólo soy una más. A mis 60 años ya he visto demasiado daño y sangre derramada para que algún día, no lejano, se haga justicia con el Pueblo Saharaui.

                                                                                                           Autor: Avelino Gonzalez Vega

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Un pensamiento en “LA HUELLA DEL NAPALM

  1. Me encantó, si bien me da nucha tristeza leer algo así reconozco que el testimonio es realmente reveladeor y conmueve notablemente. Yo soy una de los tantos que no entiende este ensañamiento con los seres humanos. Pues por ello cuando encuentro testimonios de esta índole no dejo de dar mi punto de visto respecto de esta situación por la que están pasando los saharauis a quien respeto y espero que alguien en este mundo escuche tanto clamor de justicia. Dios los bendiga y toque con su amor infinito el corazón de aquellos que pueden llegar a revertir esta situación…

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