I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Una Nación de Jaimas

Artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.-

  • Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

 ***

Necesitamos afirmarnos; organizarnos en torno a una heredad compartida en la que el afán colectivo prioritario no sea otro que levantar los cimientos de nuestra memoria, aquellos sobre los que ha de aposentarse nuestro presente para otorgar vigor y estabilidad a un futuro común. Anhelamos echar raíces en una tierra firme y legítima, reconocida legalmente. Sólo en ella podemos sentirnos seguros, afianzados como las personas de hecho y de derecho en que nos convertimos al nacer. Pero solo lo lograremos en tanto en cuanto seamos capaces de reconocernos como un pueblo unido por vínculos indestructibles, que es abrigado bajo el manto inviolable de los Derechos Humanos, y no como una mistura insostenible de mujeres y hombres discrepantes por razón de matices diferenciadores. Esta es nuestra lucha, una lucha de generaciones.

Madrugada del 8 de noviembre de 2010.

En la oscuridad de la noche, el cielo parece como si se hubiera precipitado por un vacio abisal e insondable. Ahmed guarda un silencio macizo. Sus ojos negros lanzan una mirada cargada de esperanza sobre la bóveda umbrosa que relumbra con incógnitas indescifrables por encima de su cabeza. Aun resuenan en su mente las palabras del anciano; ante sus oídos componían un mensaje cargado de vitalidad, de añoranza, pero también de futuro. Como cada atardecer, las escuchó atentamente, alrededor de una hoguera, donde, azuzados por el crepitar de las ramas secas que iban siendo devoradas por el fuego, sus sueños de libertad echaban a volar sobre la inmensidad del desierto, empujados por los últimos alientos del simún, ese viento grumoso y abrasador que al desaparecer posibilita que las temperaturas desciendan por la noche hasta límites insospechados e inaguantables.

Es joven, apenas alcanza los dieciocho años, pero desde su más tierna infancia Ahmed está al tanto de lo que significa reivindicar un territorio, mantener firme el sueño de crear una nación independiente. No nació libre. ¿Qué libertad puede amparar un nacimiento en un campo de refugiados? El horizonte de los que nacen allí no puede ser otro que emprender una lucha legítima por sus derechos y sobrevivir para mantener viva la llama de la esperanza.

Sus mayores le han transmitido su historia y tradición; le han inculcado el orgullo de sentirse patriota de un estado fantasmagórico y espiritual que sólo es reconocido por sus corazones y por resoluciones de organismos internacionales que se muestran incapaces de hacer efectivo lo que proclaman. No quiere renunciar a esa herencia transmitida de generación en generación; <<Antes la muerte>>, le gusta decir.

Él tuvo la suerte de familiarizarse por un tiempo con otras culturas y gentes. Gracias a la solidaridad, pudo pasar algunas temporadas alejado del ambiente caliginoso del desierto. Conoció ciudades esplendorosas, monumentos maravillosos; comió los mejores manjares, fue al cine, se embelesó delante de la televisión… En definitiva, disfrutó de un modo diferente de vivir la vida. Le vio la cara a la riqueza, la misma que mil veces soñó para su pueblo, el cual lleva acumuladas demasiadas horas bajas en su Historia, por siempre inmerso en un mar de penuria. La primera vez que fue recibido por su familia de acogida, le impresionó sobremanera abrir un grifo y comprobar cómo el agua fresca o caliente corría con la fuerza de un arroyo brioso, formando un chorro enérgico, como una maroma cristalina que bien podría haberse usado en el atraque en un muelle humanitario de los barcos que surcaban los océanos de sus ilusiones. Le parecía mentira tener a su disposición un manantial inagotable, tantas y tantas veces que él tuvo que recorrer varios kilómetros para poder llenar en un pozo de caldo turbio, a veces incluso fangoso, varios pellejos para saciar con su contenido salobre e insalubre la sed de su familia.

En sus ojos se forma una película acuosa que tiembla como una fina lámina de gelatina. Como si de una sucesión imparable de fotogramas se tratase, en su ánimo se proyecta el cúmulo de sufrimiento que lleva aparejado la Historia de su pueblo: demasiados atropellos, numerosos olvidos, muchas promesas rotas… infinidad de desaparecidos, de detenidos que fueron sometidos a vejaciones y a juicios sumarísimos sin ninguna garantía jurídica; ataques indiscriminados, saqueos de comercios, torturas, violaciones… Pero sabe que todo ese bagaje de dolor les ha servido para fortalecerlos en su empeño por recuperar la libertad, objetivo alrededor del cual brotan, sus jaimas como veneros, mil conversaciones, todas ellas con una única aspiración: que de una vez por todas permitan la celebración de un referéndum democrático por la independencia del pueblo saharaui, un pueblo que, como todos los pueblos del mundo, tiene derecho a vivir en paz y libertad. Mientras, los hombres y mujeres saharauis luchan por mantener a salvo su dignidad. Lo hacen a expensas de la ayuda internacional, que agradecen de manera sincera, pues los ha salvado de una muerte cierta en numerosas ocasiones, pero que, a la par, los está convirtiendo en un pueblo asistido por la solidaridad, condenado al limosneo, mientras sus riquezas naturales –pesca, fosfatos, incluso arena para recuperar playas- están siendo explotadas por los actuales ocupantes, quienes lo hacen frente a la pasividad de ciertas potencias internacionales que miran hacia otro lado, componiendo una mirada cómplice.

Siete de la mañana del día 8 de noviembre de 2010.

Se ha roto el aparente estado de normalidad. En el ambiente, la tensión bosqueja una calma quebradiza. El control policial es absoluto, férreo; ejecuta un acecho sin desmayo. Las fuerzas de seguridad se emplean con mano dura, obviando el derecho internacional; días antes y de manera arbitraria, sin previo aviso, han sido expulsados del territorio autoridades políticas europeas y observadores internacionales, a los que no han dado explicación alguna. La ilegalidad, cuando es auspiciada, promovida y tolerada desde los ámbitos de poder, no necesita ser justificada por quienes la acometen, espoleados estos por intereses espurios, y amparados por la impunidad que rezuma todo gobierno dictatorial.

A las siete y quince de la mañana, los helicópteros sobrevuelan a baja altura el campamento. Las jaimas se han estremecido por el empuje vigoroso del viento, azuzado por las aspas de las aeronaves militares. El nerviosismo se palpa en los rostros de los soldados marroquíes. Ordenan a través de altavoces que se desaloje la zona. La presión se desborda de golpe. A un mismo tiempo entran en acción todos los cañones de agua; estallan botes de gases lacrimógenos por todas partes; las balas de goma impactan en los cuerpos de quienes resisten, escudados en su derecho a reclamar una tierra sobre la que alzar su nación; las porras causan heridas y magulladuras a los hombres y mujeres saharauis… El desequilibrio de fuerzas es espectacular: armas contra manos y gritos, balas contra piedras… iniquidad contra derechos reconocidos. Arden las jaimas.

 A lo lejos se divisan columnas de humo. Han cortado los accesos al lugar, situando controles militares en las carreteras, barreras que impiden el paso a los extranjeros, más si son miembros de alguna ONG, o periodistas. Se ha impuesto un estado de censura absoluta con el único objetivo de impedir que se sepa la verdad de lo que está ocurriendo en el campamento de protesta y solidaridad, montado por los saharauis en Agdaym Izyk, paraje situado a quince kilómetros de El Aaiún.

Las noticias llegan con cuentagotas. Pero las nuevas tecnologías han salvado las barreras interpuestas contra la libertad de prensa. Aun así, las informaciones son confusas, pero en ellas se habla de decenas de heridos, y de algunos muertos, sin poder aclararse con exactitud el número total de víctimas que ha dejado el ataque indiscriminado del ejército marroquí contra la ciudadanía saharaui. Todo es confusión, oscuridad… una cruel y clara violación  de los Derechos Humanos por parte del gobierno de Marruecos.

Todas las reivindicaciones de estos hombres y mujeres han sido atropelladas de manera arbitraria a lo largo de los últimos años.

Sevilla, 10 de noviembre de 2010.

No pueden creerlo. Los rumores ganaron visos de verdad absoluta. Ella llora desconsolada. Él muestra un gesto áspero, toda su angustia amontonada en su garganta. La rabia y la impotencia dominan a toda la familia. Sobre la mesa está el periódico. Ellos entrelazan sus manos con fuerza. Lo han reconocido. Sus ojos, abiertos de par en par, son inconfundibles; reflejan, como amarrado a la eternidad, el paraje desolado en que quedó convertido su campamento tras el ataque. La foto de la portada es inequívoca; habla de muerte, rompe los resquicios de esperanza que atesoraban en sus corazones, Julio y Macarena agarrados a la inquebrantable confianza de que todo fuese un rumor sin fundamento.

Nunca olvidarán la cara de asombro de Ahmed cuando siendo un crío giró la rueda del grifo y vio correr el agua con fuerza, de la misma manera en que fluyó su sangre de adolescente sobre su pecho, destrozado por una bala asesina.

Autor: Juan Carlos Pérez López

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