I Concurso Literario por un Sahara Libre!

¿Fin del mundo o del modelo?

La lucha entre lo viejo y lo nuevo y los desafíos del presente

 En homenaje a las luchas del pueblo saharaui

   Es indudable que no estamos frente al fin del mundo o ante el desmoronamiento total del actual modelo de dominación. Sin embargo, se están produciendo procesos que merecen una más cuidadosa atención.

  Por ejemplo, no dejó de ser alentador lo sucedido en Chile y en distintos lugares del planeta durante el año 2011, que en el caso nacional  se transformó en un momento histórico en que gracias al movimiento estudiantil, universitario y secundario, empezó a cambiar lentamente la fisonomía  social del paisaje nacional. También resulta promisorio el comienzo de este año 2012, porque todo indica que las dinámicas abiertas en los doce meses anteriores se irán acentuando y abarcando a cada vez más amplios sectores y organizaciones del país, incluyendo masivas y transversales protestas a nivel de ciudades y de regiones.

  Porque no sólo se trató de un movimiento que se extendió por largos meses y que concitó además la adhesión del grueso de la opinión pública. Definitivamente, hay algo más profundo en él, que en parte se aprecia en las marchas y acciones callejeras, pero que también dice relación con una multiplicidad de instancias que han ido surgiendo en la geografía social chilena. En estos movimientos, colectivos, grupos, talleres, núcleos, etcétera, se puede constatar una vitalidad inesperada para muchos y sorprendente para otros.

  Difícilmente se podría retrotraer la situación nacional al clima de época existente antes del 2011, y ello será imposible porque los aprendizajes colectivos que se gestaron y compartieron, en el llamado por algunos “Mayo

Chileno”, pasaron a ser parte del patrimonio ganado por el movimiento social  que ahora transita por las avenidas del año 2012.

  Muchos equivocadamente se han dejado llevar por las especulaciones que han circulado en los medios de comunicación respecto de las ya tan manoseadas “profecías mayas”. Seguramente que no serán pocos los que esperarán crédulamente el  anunciado fin del mundo para este año 2012. Creemos que se cansarán de hacerlo. La verdad es que si prestaran mayor atención a los fenómenos nacionales y mundiales, advertirían que fundadamente lo que está ocurriendo es que la humanidad se encuentra atravesando por un período de profundas crisis, convulsiones y descontento en todos los continentes.

  Efectivamente, se está produciendo una fractura muy visible en el paradigma dominante, en términos económicos, sociales y ambientales, que hace augurar a algunos el fin de una época (¿era?) y el comienzo de otra. Es decir, se ha entrado por razones diversas a un momento de inflexión y de cambio. Pero, ¿cuál será la dirección que tomará éste? Probablemente nadie lo sepa, pero al menos parece haber cierta coincidencia acerca de que lo que hagamos hoy puede influir de alguna manera en las características que asumirá la sociedad del mañana. ¡Vaya tarea que tenemos por delante!

  En consecuencia, hoy más que nunca se hace necesario adoptar posturas personales conscientes y asumir un compromiso colectivo local que inevitablemente tendrá su ulterior impacto en las relaciones y sucesos globales.

  Claramente, se percibe una urgencia que no puede ser acallada, aunque se pretenda manipular la información y los procesos de resistencia, sobre todo porque el sufrimiento humano ha alcanzado dimensiones francamente intolerables.

  Pero al lado de la hecatombe emergen también los sentimientos, voces y acciones de muchos seres humanos que se niegan a seguir permitiendo el actual estado de cosas, y que están dispuestos además a colaborar con otros para que se extiendan así las bases del nuevo tiempo que algún día se convertirá en una plausible realidad.

  Lo acontecido en Chile durante el 2011, siendo obviamente un movimiento local, tampoco puede ser totalmente desprendido de las dinámicas y tendencias que se observan hoy a nivel mundial, donde la reivindicación específica y parcial no demora, a veces, en dar paso a un cuestionamiento más amplio y radical del modelo neoliberal en su conjunto.

  Asistimos afortunadamente a un tiempo histórico muy interesante, con ciertos paralelismos con la década que, a nivel nacional, vio nacer y crecer a un potente movimiento social y de masas. Por de pronto, tanto la del 1960 como la del 2010 se iniciaron con violentísimos y devastadores terremotos, anunciando de esta manera quizá la impronta que marcaría al decenio: la lucha entre lo viejo y lo nuevo.

  Vivimos, en consecuencia, en un momento de definiciones en que se ha reinstalado la esperanza de cambiar el estado de cosas imperante; lapso en el que cada

individuo puede acceder a un lugar diferente al que le asigna el actual modelo de domesticación y de control mental.

  Las banderas libertarias recorren nuevamente las calles y plazas de la mayoría de las ciudades chilenas, incluyendo ciertamente las de Concepción. Y se siente hoy en el aire, así como se percibió ayer, el viento vivificador de las ideas, del compromiso y de los proyectos.

  Otra vez está siendo amonestado el desprestigiado orden establecido y su falsa estabilidad, que oculta como sabemos una violencia estructural que se refleja en todos los ámbitos de la sociedad.

  Nada sucede por azar, y en la dialéctica de los procesos sociales pueden florecer ideas que, en razón de contextos políticos adversos, parecieron estar olvidadas.

  El sector más avanzado del movimiento social, no quiere ni la represión de la derecha ni la democracia traicionada de las corrientes concertacionistas durante cuatro gobiernos consecutivos que sumaron en total 20 años. Apuestan, con mucha razón, a algo distinto; a un discurso transparente; a una causa que no se negocia por puestos más o menos en el Parlamento.

  Y no se trata sólo de reivindicaciones sectoriales de carácter nacional, sino que empiezan a emerger también con mucha fuerza las demandas de comunidades, de ciudades y de regiones, que pueden comenzar a colocar en jaque al mismo Estado unitario. Y en el vértice de todo este heterogéneo descontento, que probablemente se acreciente este año como lo está demostrando Aysén, se puede instalar perfectamente como eje articulador político el llamamiento a movilizarse en torno a una Asamblea Constituyente, que coloque término al andamiaje dictatorial y que al fin abra las puertas a una auténtica democratización.

  Se aspira a un cambio que venga desde abajo; que surja desde las entrañas mismas de la explotación y de la exclusión económica, cultural y social.

  No es extraño, entonces, que nuevamente se escuche hablar de justicia, de participación popular, de cambio estructural, de fin al lucro en la educación y en la salud, de luchar por una Asamblea Constituyente, etcétera.

 

  Pero todavía persisten preocupantes resabios del pasado, que emergen cada cierto tiempo en la escena nacional. Y un elocuente episodio de ello, entre otros tantos, fue la cuestionada y polémica disposición, promovida por la Unidad de Currículum y Evaluación del Ministerio de Educación, que ordenó que en los textos escolares de historia, el concepto de dictadura militar fuera reemplazado por el de régimen militar, cuando se hiciera referencia al período en que gobernó Augusto Pinochet. Este solo hecho es muy ilustrativo de las contradicciones que enfrenta todavía la sociedad chilena, y constituye además una evidencia de lo poco que se ha avanzado en la dirección de una efectiva  reconstrucción democrática.

  Por este camino, se puede incluso llegar a negar los horrores del nazismo, del estalinismo, de las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki, los indiscriminados bombardeos a Vietnam, los padecimientos del pueblo mapuche, palestino, saharaui, y un largísimo etcétera.

  Adulterando la historia, no se educa a nadie para la libertad y para la paz. Entonces, ¿desde qué valores se quiere formar a las nuevas generaciones? Como sociedad no podemos eludir esta crucial cuestión. Así de simple; así de claro.

  Lo comentado anteriormente es una pésima señal, porque más adelante podrán emerger nuevos temas que también sean motivo de una revisión y de un tratamiento eufemístico, pretendiéndose así morigerar, por ejemplo, las responsabilidades individuales y colectivas en las masivas violaciones a los derechos humanos ocurridas en Chile entre los años 1973-1990.

  Los desafíos son enormes, y quizá el mayor de ellos, considerando la actual etapa evolutiva en que todavía nos encontramos como humanidad, tiene que ver con la veleidosa esfera del poder en una doble dimensión. Por un lado, ¿cómo lograr escapar  de la domesticación ideológica cotidiana a que nos somete el orden imperante? Y por el otro, ¿cómo evitar que las idealistas construcciones de cambio estructural no terminen en el futuro, como ya ha ocurrido tantas veces en la historia, prisioneras de nuevas formas de control social que concluyen devorando los propios sueños de un mundo más justo, libertario y fraterno?

    La transformación que anhelamos deberá ser integral y multidimensional; o de lo contrario se extinguirá en las llamas de la historia.

  En consecuencia, cambiar el actual estado de cosas a nivel nacional y planetario, no es exclusivamente una obligación política, democrática y revolucionaria; es principalmente una exigencia ética y espiritual que no puede ser soslayada bajo ninguna circunstancia.

  La humanidad requiere urgentemente de un salto dialéctico en su conciencia, que se exprese en un nuevo orden social que no excluya a ningún pueblo y que traiga armonía a la trama inmemorial en que se entrecruzan todas las formas de vida.

  Es necesario colocar fin a todas las modalidades de esclavitud y de sufrimiento, tanto las antiguas como las nuevas, para que surja definitivamente el reino donde ningún ser sea dominado por otro.

  ¡El pueblo saharaui vencerá!

  ¡La lucha de ningún pueblo ha sido en vano!

  ¡Salud y Libertad!

                              Autor:  José Miguel Casanueva Werlinger

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