I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Adiós Mujayam

Los baches cesaron; quietud. El motor del todoterreno se detuvo; silencio. Mantuve la cabeza gacha. Casi podía ver los latidos de mi corazón a través de la ropa; se perseguían. No me atrevía a moverme, ni siquiera a mirar a través de los cristales agrietados de la ventanilla. Solo fui capaz de volver la cabeza el ángulo justo para mirar de reojo mi único acompañante y conductor de ese vehículo. Asintió con la cabeza. “Puedes bajar a despedirte”. Su voz resonó en las profundidades de mi mente. Abrí la puerta y salí como pude, procurando no pisarme la darra-a. No lo conseguí; la pisé, como siempre, y caí de rodillas al suelo. No sentí ningún tipo de dolor. De soslayo, vislumbré como mi acompañante hizo ademán de ayudarme, pero se detuvo. Por dicha, ya no era consciente de que me acababa de caer; el roce de aquella arena tan fina en mi piel absorbió mi atención al instante. A los pocos segundos, ya ardía como si se tratara de brasas, pero eso no importaba. Perdí la mirada en un punto que no sabría decir cuál era. Ni siquiera parpadeaba. Quedé deslumbrado por un reflejo que fue escondiendo poco a poco aquel paisaje. Finalmente, en mi cabeza desapareció cualquier pensamiento y solo quedó impregnado el negativo de la imagen de aquellas tierras. Aquellas tierras que, aunque me habían visto nacer y crecer, no podía llamar mías. Aquellas tierras que, aunque me habían visto nacer y crecer, solo eran prestadas…

Bajé la mirada y tomé un puñado de arena; con el puño cerrado, dejé que se deslizara entre mis dedos. La sensación de esos pequeños granos acariciando mi piel era comparable al tacto del mejor terciopelo. Aquella sensación me transmitía seguridad; sabía que estaba en casa. Levanté la vista y la paseé por todo mi alrededor: arena y piedras; neumáticos gastados marcando algunas de las calles; carrocerías sin motor que antaño habían circulado sobre aquellos terrenos; desechos diversos completaban el decorado de aquel triste escenario. Las viviendas, construidas con la misma arena que ahora se escapaba de mis manos, se alzaban desafiantes por todas partes de forma desordenada. Podía perder la vista en una explanada inmensa que terminaba en un horizonte donde se fundían el triste marrón de aquel árido paisaje con el triste azul de aquel cielo. Aquel era el único horizonte que yo conocía; nunca aún había podido ver el mar de mi tierra, mi tierra anhelada…

Todos los coches habían salido ya, solo quedaba yo. Aquella era la primera vez que pisaba el mujayam y me sentía solo. Soy hijo del desierto, he crecido en el desierto, pero era la primera vez que sentía aquel lugar tan desértico. No había experimentado nunca, hasta ese momento, la sensación de soledad que de golpe me invadía; nunca había echado de menos, hasta ese momento, el sonido de un animal; nunca había echado de menos, hasta ese momento, el ondeo de una planta; nunca había echado de menos, hasta ese momento, algún indicio de vida. Incluso el viento parecía haberse alejado. La angustia se me tragaba. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y los ojos se me humedecieron, no sé si por pena o alegría, dado que estaba triste y contento a la vez. Triste porque tenía que despedirme del lugar donde habían vivido mis ascendientes durante los últimos treinta y cinco años, triste por el camino que dejaba atrás, pero contento porque, por fin, nuestra patria era libre, contento porque, por fin, podíamos volver a nuestra patria…

Con la mirada perdida y la visión medio borrada por un velo que cubría mis ojos, divisé la figura de un niño cubierto de polvo y con los mocos resecos en la nariz. Corría tras los cooperantes llegados de otros países. Estiraba las manos con cara triste y la cabeza gacha, pero aquella carita solo era una maniobra para conseguir su trofeo. Una vez tenía los caramelos en sus manos, se dibujaba la sonrisa más grande que se haya podido ver en la faz de la tierra, se dibujaba la sonrisa más pura y más sincera que nadie haya expresado nunca. Aquellos caramelos eran el mejor regalo, porque aquellos caramelos eran todo lo que él deseaba. No necesitaba nada más. Cerré los ojos y recordé el sabor de aquellos caramelos…

Otra vez el mismo niño. Ahora, jugaba con su abuelo. En las miradas que cruzaban se palpaba el amor que desprendían. Recuerdo que siempre me enseñaba orgulloso las cicatrices que le había dejado la guerra. En un momento como el de ahora, le echo de menos más que nunca. Pensar en mi abuelo me entristece, pero ahora es momento de estar contento. Yo solo tenía once años, pero lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Mi abuelo estaba tendido sobre las alfombras, con toda la familia a su lado. Me pidió que me acercase y me cogió de la mano; su piel estaba fría. No podré olvidar nunca sus palabras: “Esta es la última vez que mi pensamiento se materializará en palabras; son todas para ti. Esta es la última vez que podré expresar mis sentimientos con una mirada; fija tus ojos en los míos, porque estos sentimientos son de amor y son todos para ti. Esta es la última vez que podré sonreír; esta sonrisa es toda para ti. Sé que un fragmento de mí se quedará dentro de ti y es por eso que tengo que pedirte el favor más grande que he pedido nunca. Me duele el corazón cuando pienso que yo no podré ver mi tierra liberada, pero estoy seguro que tú sí lo harás. Cuando llegue ese día, solo quiero que me recuerdes un instante, de esta forma, esta pequeña parte de mí que ahora se queda contigo, podrá sentir también la sensación de la libertad”. Se lo prometí. Estas fueron sus últimas palabras. Después de esto cerró los ojos y ya no los abrió nunca más. Ojalá mi abuelo estuviera aquí a mi lado, ojalá pudiera acompañarme de la mano en esta nueva etapa; ojalá supiera que nuestra tierra respira un nuevo aire, ojalá pudiera sentir esa sensación de libertad que ahora nos envuelve y que él tanto deseaba…

Todo está oscuro. La cabeza me da vueltas. No puedo pensar, tengo la mente saturada. Siento todo mi cuerpo entumecido. Intento moverme, pero un cosquilleo recorre hasta la punta de mis dedos. Intento ver cualquier cosa a mi alrededor, pero no lo consigo. Creo que tengo los ojos cerrados. Intento abrirlos, pero me pesan mucho los párpados. Los tengo prácticamente pegadas. Consigo ver una línea de luz. Me deslumbra. Lo vuelvo a intentar. Esta vez sí, consigo abrir un poco más los ojos. Creo que estoy acostado. Una mujer se me acerca, pronuncia unas palabras, pero no consigo entenderla. Hace señas para que se acerque alguien más. Se acerca un hombre que viene directamente hacia mí, me abre un ojo con dos dedos y me enfoca con una linterna. ¿No ve que me molesta? Me hace lo mismo con el otro ojo. Intento decirle que no lo haga, pero no consigo articular palabra. Se mira a la mujer y niega con la cabeza. ¿Que no qué? ¿Por qué no puedo oírlos? Consigo inclinar un poco la cabeza y veo que hay mucha gente a mi alrededor. Son todos vecinos míos. Están manchados de tinta roja. Estoy muy asustado, no sé qué pasa. Justo a mi lado, veo a mi hermano pequeño. Intento gritar su nombre, pero no responde. No se mueve. Quiero decirle que no tenga miedo, quiero abrazarlo, pero no me puedo mover, casi ya no siento mi cuerpo…

De repente, aparecen dos recuerdos en mi cabeza. En uno, estoy de rodillas en el suelo, con la arena deslizándose entre mis dedos y observando los campamentos desérticos. En el otro, oigo una explosión y disparos; salgo de la jaima y veo que todo el mundo corre y grita. Los dos se me mezclan, pero no me resulta difícil adivinar cuál es fruto de mi fantasía. No me resulta difícil adivinar cuál es un pedacito de un deseo roto…

Tal vez me estoy muriendo y no me importa, pero tengo miedo. Tengo miedo de morir en la incertidumbre de no saber qué será de mi tierra. Tengo miedo porque no podré hacer realidad el último deseo de mi abuelo. Tengo miedo, porque mi hermano solo tiene siete años…

Perdóname, abuelo, por no haber cumplido mi promesa.

Autor: Raül-Manel Corrales Flores

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