I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Recuerdos

Recuerdo ser consciente de que nací en un desierto que no era mi tierra y de que es preciso saber valorar las cosas, por muy pequeñas que sean.

Que tenía poco, lloraba cuando quería algo y me encaprichaba por tonterías, como cualquier niña; conseguí adaptarme a pocas comodidades. Era feliz en esos ambientes sin mucha prisa, sin muchas preocupaciones por pagar una factura al mes de gas o de luz. Francamente, he tenido muchísima suerte en la vida y la sigo teniendo, pero está claro que al ser humano le cuesta hacer lujos de lo poco que tiene.

Recuerdo que en la guardería, nos repartían esas galletas que estaban malísimas, prefería cuando nos daban naranjas o ‘incha’ (una especie de papilla que la verdad es que gustaba). Perseguíamos a las cabras y las usábamos como caballos para montarnos encima, ¡qué malas que éramos para eso! Cuando venían extranjeros al desierto (de ONG o solo de visita), siempre pensábamos que traían caramelos para nosotras, y la verdad es que la mayoría de veces sí que los tenían. Por esa razón, cada vez que los veíamos en alguna fecha importante, por ahí íbamos detrás gritando: ¡Dame caramelos, dame caramelos!, cómo olvidar eso. Eran personas que olían de manera diferente, a ropa que había pasado por un suavizante de un olor muy agradable; ¡qué diferencia con el jabón que usábamos nosotros para la ropa!

Me acuerdo de cuando corría por la arena descalza. Mi madre ni se molestaba en decirme que me pusiera las chanclas; incluso ella a veces caminaba por el patio de casa descalza. O cuando me quedaba pegada a la persona que hacía el té para ver si me servía uno. O cuando nada más ver el bol de leche de cabra me inquietaba por beber yo la primera. O cuando nos pusieron en fila en el colegio para las vacunas y los vi a casi todos llorando, y me sorprendí a mí misma viéndome quieta y tranquila y diciéndome: Agaila, ¡tú eres la mas fuerte de todos! Ojalá pudiese hacer lo mismo, con la misma facilidad, hoy día.

Recuerdo cuando le robaba a mi madre latas de atún para alquilar una bici durante cinco minutos por lata, la de heridas que tenía en las piernas si ese era el precio que tenía que pagar para aprender a ir en bici: pegarme hostiones contra el suelo. A mi abuela contándome las locuras que hacían mis padres y mis tíos cuando eran jóvenes, cuando mi tío Moha, con otros primos, se comieron la cera que parecía caramelo y estuvieron tres días ingresados, o a mi primo Jalil, a quien le daba miedo su mochila porque estaba hecha de piel de cabra.

Que mi abuela se ponía a contar los cuentos típicos saharauis a la luz de la luna de verano y que todos nos tumbábamos al lado de ella para escuchar sus sabias y dulces palabras (que aún quedan grabadas en mi mente como si fuera ayer la ultima vez que las escuché). Cuando eran noches de luna de verano aprovechábamos sobre todo para jugar al escondite, bastante morboso de noche y con la luna, por cierto.

Y en el colegio… A las ocho de la mañana, delante de la bandera y con un frío que pelaba para cantar el himno, y pobre del que se riera en medio de la canción. Me acuerdo de cuando aún faltaba un mes para empezar el colegio y yo estaba de lo mas feliz: es curioso, pero me encantaba estudiar; me sentía más mayor y supuestamente con más responsabilidades sobre mí, al tener deberes y ocupaciones más complejas en las que pensar… Ahora lo miro y digo: ¡qué cachondeo que era comparado con esto!

Jugando con mis amigos al ‘campu’, el escondite (miista) o ‘pinaga’; ver a los niños jugar a fútbol sin que a nosotras nos dejaran, o la noche del viernes ponernos a cantar mientras una tocaba el ‘basina’ (donde se lava la ropa) como si fuera un tambor, y las otras cantando, y si acaso alguna poniéndose a bailar.

Un momento importante fue cuando ya tocaba venir a España en verano: yo feliz, muy feliz y nerviosa, la primera vez que pisaba un avión… una cosa que en poco rato ya estaba alzada en el cielo por sí misma… Vi Tinduf desde arriba por primera vez y sinceramente me dio hasta miedo, ¡era un flipe!

Colchones, yogures de calidad, un chocolate alucinante, comida que nunca había probado, UNA PISCINA… en el agua me sentía única y sola en el mundo. En el momento en que empezaba a bucear ,el mundo dejaba de existir. Gente que te mira alucinada cuando te veían alucinada con pequeños detalles a los que nos les dan importancia… Te das cuenta de que estan haciendo sobre ti una especie de análisis que a la primera aterroriza… Luego te acostumbras, ya no los juzgo. Yo también los analizaba de los pies a la cabeza, las cosas que hacían eran totalmente otra vida, una vida tan diferente de la mía, otras costumbres. Tuve suerte… Me quedé a vivir aquí con mis PADRES.

Cuando volví después de dos años viviendo en España, andaba ya con ganas de volver a más no poder. No me lo creí hasta que me descalcé en la arena, sin querer, como algo habitual… Es uno de los momentos que jamás olvidaría, si dependiera de mí. Parecía que llevara una década sin pisar aquellas tierras, pero no fueron más que dos años de larga espera por unos miserables papeles que muestran tu foto y que te llamas de tal manera y eres de tal sitio…

Sí… Lo sé. Solo es un desierto con jaimas, casas hechas de arena, coches no muy modernos y, en verano, una temperatura diurna superior a los cuarenta. Pero era lo que yo conocía desde que abrí los ojos, me gustaba y me sigue gustando, siempre será mi Caribe, mi pequeño paraiso. Es la especie de paraíso del que nunca deseas alejarte…

Si las cosas no hubieran sido de tal manera yo no habria nacido ahí. No es mi verdadero hogar, ni el de mi familia, ni el de mis antepasados. Es más, ellos no nacieron ahí. Fue en una tierra vecina, que un día les quitaron de las manos; con ella les quitaron la estabilidad, felicidad y prácticamente la vida en aquella preciosa tierra.

Aún no he llegado a pisar mi tierra verdadera, un sueño por cumplir.

Ahora con 18 años, estoy estudiando y actualmente viviendo en Barcelona,cada verano que bajo a los campamentos de refugiados de Tinduf es inolvidable e irrepetible. Me encuentro compañeras de clase con las que un día tenia planes de estudiar medicina, o ser profesoras… ahora nos reunimos a menudo y nos reímos de nosotras mismas, de las tonterías por las que nos peleábamos… Dos de ellas están casadas y una tiene un hijo, algunas dejaron de estudiar y están en casa de sus padres dedicándose a lo típico: cocinar y limpiar. A algunas les ha dado por estudiar algún cursillo de lengua entr.e otros ocupacionales De otras desgraciadamente no sé nada y las desearía ver alguna vez. En cambio, de otras sé que siguen estudiando e incluso llegaron mas lejos que yo, me alegro.

¿Qué giro nos ha dado la vida a todos! Francamente, un giro demasiado grande, solo hay una idea que conservamos desde que éramos niños: EL DESEO DE LA LIBERTAD, DE PISAR NUESTRA TIERRA, POR LA QUE LUCHARON NUESTROS MÁRTIRES. ALGÚN DIA CONSEGUIREMOS LO QUE SIEMPRE HA SIDO NUESTRO .

Autora: Agaila Balali Labiad

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