I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Querida y esperada Sahara libre

Llego al Sahara,
con ganas de conocer las voces de un pueblo mudo,
y con sencilla, amable y hospitalaria mímica, me contáis que lleváis
35 años,
¡más de 35 años!,
viviendo varias generariones ya, en una cárcel, que ni siquiera es vuestra.
Pienso, que ese es el motivo por el cual hacéis tan a menudo el té,
para ver si entre intercambio e intercambio de ese líquido en vuestros vasos,
encontráis por fin ese sabor a libertad, que te permita ver la vida con ojos y oidos libres.
Y así por fin escuchar al niño saharaui que de mayor, quiere ser algo más que apatía,
y la niña saharaui diciendo que de mayor abandonará su hogar, para tomar las riendas de su vida.
Y ver al joven parido y robado a la fueza del Sahara, volver a su casa sin necesidad de empuñar un
arma,
y a a la joven verla soñar, eligiendo por ella misma con ser escritora, pintora, abogada, ingeniera, o
ama de casa de hogares libres.
Y escuchar al padre de familia narrar con emoción y orgullo, como por fin el Sahara empezó a ser
libre,
y a la madre de familia, tras asistir a un congreso de mujeres, dejó de esperar la vuelta de su marido
de un ejercito que al final desapareció por exceso de libertad.
Y el abuelo y la abuela saharauis por fin vieron y disfrutaron de sus nietos y nietas jugando a ser
libres.
Porque tengo la convicción de que algún día después de ascender la última duna, y cuando parezca que me quedo sin fuerzas, cese esta tormenta de arena y aparezca el sol, y me pegue de frente y me deje por unos minutos ciego y no me quede más remedio que tumbarme en el suelo, y respirar, como el que solo espera la muerte, y pensar en todo aquello que me hubiese gustado que fuera pero que no fue, como por ejemplo, ver a un país sin necesidad de tener ejercito, y diferentes países que antes fueron enemigos y hoy por sus pueblos soberanos, fueron hermanados, y que las personas tengan sus propias tierras y dejen de plantar en un desierto infértil en que solo brota desesperanza, y los muros que separan países acabaron siendo piezas de museo para que no volvamos a repetir lo que un día el horror y la injusticia fue.

Porque tengo la convicción de que ese día, en el que yo estaré tumbado en el suelo en lo alto de una duna, respirando como respira la muerte, aparecerá un saharaui y me ofrecerá mi último té, y después me miarará con ojos de libertad y me dirá: hermano español, muere, muere en mis brazos tranquilo y saborea la libertad en este té, porque has de saber que mueres en libertad, porque has de saber, que aunque costó, eres afortunado de morir aquí, has de saber que aunque costó, eres afortunado de morir, en nuestra por fin querida y esperada Sahara libre.

Autor:  Manuel David Treecortir

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