I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Abdellah

– iYa pues Abdellah!…¿Hasta cuándo se demora con los vasos?. Apúrese con las tazas… ¡Dele movimiento a esas manos, pues hombre!…-.

– A la lavaza, colócale bastante detergente no más Abdellah, después dejas correr el agua y queda todo listo… Aquí hay que avivarse …si no eres rápido te echan – le dice ahora el gordo pinche de cocina.

– ¿Están listos los shoperos?..- pregunta el garzón – tíreme seis.

– Rápido…¡muévase pues Abdellah!… – le grita don Patricio.

Las manos rojas metidas en la lavaza, torpes, lentas, rosadas en los lóbulos y negras en los pliegues. Ramiro apenas aguanta las ideas dentro de su cabeza: “hace tres días que no como más que pan”, ¿cómo estarán  las niñas?”, “¿qué irán a comer hoy día?”…

– ¡Los vasos, Abdellah!…¿estamos listos?. Ya, agarre  la escoba y se va a limpiar los baños…tome, ahí tiene el cloro…

Mientras baja la empinada escalera y la pestilencia se hace cada vez más densa, Ramiro piensa que quizás fue un error haberse venido con su familia a Madrid. Saca ansioso de su bolsillo, medio pan de frica que ha cogido a la pasada por el mesón de la cocina y lo engulle de dos mascadas, mientras con la escoba lava la taza del WC…

“Pobre las niñas… en el Tinduf siempre hubo algo de comer.

– ¿Así que eres saharaui, Abdellah?..¿No conocías nuestra ciudad?.. Al otro copero lo echaron por ladrón…tienes que tener cuidado Negro. No llevarse nada…comer, todo lo que quieras o lo que puedas, pero que no te pillen…aquí tienes que aprender a comer sin mover los labios…y siempre – se le acerca al oído para remarcar más lo que va decir  – comer siempre lo mejor…no vale la pena que a uno lo reten por estar comiendo cualquier cosa.

Ramiro no mira la cara del pinche de cocina, sus ojos están fijos en ese inmenso cuchillo que en la tabla rebana tomates en forma casi matemática.

– Y nada preparado…porque te pillan…además nunca saques algo de un plato que está listo, eso no se hace…porque cagas al cocinero. Cuando te tire algo de comer te vas al baño y ahí te lo despachas, pero rápido, siempre rápido…ya te vas a acostumbrar  – el pícnico pinche de cocina, le habla con una familiaridad que Ramiro no había encontrado en nadie en Madrid, durante toda la semana.

– ¡El gorro Abdellah!…pero, ¡colócatelo!…mira: el delantal y el gorro jamás te deben faltar…no ves que pasa sanidad y nos multa…estas manipulando alimentos…¿de dónde vienes que no sabes nada? – le dice don Patricio .

En la plancha hay ahora un par de lomos de cuatrocientos gramos, jugosos, olorosos, exquisitos. Ramiro se resiste a mirarlos, tiene miedo de caer desmayado. El gordo los da vuelta con la espátula y luego le aplica unos cortes verticales que hacen que el jugo inunde el ambiente con aquel aroma que se concentra en las narices del moreno lavacopas.

– Aquí le va a ir bien amigo, al   principio no, después puede ser garzón y con la propina se va a arreglar…a la gente de afuera siempre le va bien…son más tranquilos…, más humildes…en cambio los Madrileños son ladrones, patudos, las tienen todas.

Mientras el garzón limpia los cubiertos y los ordena en diferentes cajas, Ramito admira silencioso su tenida elegante y distinguida que le recuerda una teleserie que alguna vez divisara en la televisión.

“Las niñas ya se tienen que estar levantando”, “andarán jugando en la calle”, “es peligroso el barrio”, “me lo dijo don Patricio ayer cuando pasé a ofrecerme”, “es que estamos de allegados donde un pariente, le dije”.

Ramiro se mira los pies, piensa que se le ven los dedos respirando dentro de sus desgastadas zapatillas. Ahora son las tres de la tarde, lleva siete horas sin parar, pero llegó mucho antes de la hora acordada. Caminó desde las cinco y media de la madrugada, setenta y dos cuadras contó. No tenía dinero para su locomoción “me sirvió para conocer”, “conocer ¿qué?; “asaltantes”, “me trajinaron por todos lados y al final se cagaron de la risa; sólo encontraron mi “carnet”, “estás más cagado que nosotros”, “perdone, compadre, pero Ud. sabe, en la noche todos los gatos son negros”. Y luego, sólo basura al cruzar el puente y mucha gente, revolviéndola la basura. Pensé en buscar algo…no eso sí que no, me dije.

Cuatro chuletas inundan de sabor de nuevo el ambiente, mientras el gordo pela en forma casi artística dos paltas que acompañan sendas porciones de arroz, puestas en sus respectivos platos ovalados. Ramiro se extasía con su presencia en este verdadero taller barroco, en que las obras se despachan a través de una ventanilla, que corta horizontalmente el muro de deslinde con la cocina.

– ¿Almorzaste, Abdellah?….la pregunta de don Patricio lo saca violentamente de sus cavilaciones – ¿Qué estás esperando?…¿Tienes todo lavado?. ¡Tírate un almuerzo guatón!…- el jefe ha dicho las palabras mágicas y el pinche de cocina lo mira con la complicidad de quien posee la capacidad de intuir el hambre en las personas, le cierra un ojo y lo llama para el lado con un gesto que hace con la cabeza…

– ¿Qué quieres, negro? – le dice despacio al pasar – pollo, chancho o vacuno…¿tienes harta o poca hambre?.

A Ramiro lo aturden las preguntas, el pinche de cocina experto en la psicología del hambre adivina la respuesta.

En el último rincón de la cocina, el negro planifica estratégicamente la forma en que enfrentará su chuleta con puré y ensalada surtida. Dos o tres veces ha debido limpiar con su mano el exceso de saliva acumulado en la vigila de aquel banquete. Luego corta un trozo de chuleta con puré y lo pone cuidadosamente en su boca, la que al momento de abrirse produce un sonido que lo llena de vergüenza. Cierra los ojos para permitirse que aquel magnífico bocado inunde con su gusto todos sus sentidos. En ese momento Ramiro piensa que sí valió la pena haberse venido a Madrid. “Pero..¿qué habrán comido las niñas… dejé todo lo que tenía de dinero…¿Habrá alcanzado?. La flaca siempre se las arregla, ¿Pero aquí en Madrid todo es tan caro…?”.

– ¡Cuidado Abdellahoo! – le dice el gordo al pasar y en el plato ya casi vacío le pone media pechuga de pollo – come rápido.

– ¿Todavía estas almorzando Abdellah?…párate que hay que barrer aquí…y después le tiras un poco de cloro al piso…poquito, porque eso no se hace cuando la cocina está funcionando…a esta hora nunca pasan los de sanidad…además, para que no salgamos tan tarde a la noche – le dice don Patricio.

– Cuando seas garzón se te va a arreglar la cosa. No llueve, pero gotea – le dice el gordo, cuando de nuevo el garzón lo arroba, esta vez por la elegancia con que limpia el borde de los platos usando “la manga” antes de llevarlos a la mesa.

– Pásame la malaya, Abdellah – le ordena instantes después.

– Este vaso está sucio, tienes que lavar bien la loza, no ves que a uno le reclaman después. Las torpes manos de Ramiro se atolondran con tanta orden y contraorden, todo dicho a la carrera.

– Rápido, que corra luego ese café con leche, maestro y las respectivas cuatro tostadas – Ramiro, salta con cada pedido, aún sabiendo que no es él el único destinatario de todas las órdenes.

– Échale una buena pasada a todas las mesas y barres todo el local para que nos vamos Abdellah – para Ramiro está muy claro que aquello que decía el letrero “SE NECESITA COPERO”, no resultó para nada cierto, pero sabe muy bien que sus reivindicaciones laborales por ahora las debe postergar. Ha comido como para toda la semana y debajo de su camisa ha escondido una bolsa plástica con tres bistecs que se lleva para la casa. “Puta que va a estar contenta la flaca”, dice tocándose después las paltas que ha guardado en los bolsillos del pantalón.

– Listo don Patricio, dejé todo limpio – le dice desde el centro del local a su jefe, que está “haciendo” la caja.

– A ver…ven para acá.

Mientras recorre las siete baldosas que lo separan de don Patricio, Ramiro repasa por un instante todo lo que ha sido ese intenso día, haciendo un enorme esfuerzo por parecer natural.

– Mañana a la misma hora de hoy…toma – le extiende un par de billetes –  por ahora, para la locomoción.

Ramiro piensa que la barrera que franqueaba el paso de salida de aquel campo de concentración, se comienza a levantar con cada paso que da hacia la puerta. Afuera toma una inmensa bocanada de aire que hace expandir sus pulmones.

En la calle la noche se ha adueñado de la ciudad y para Ramiro, el asiento del microbus le parece la primera clase de la más elegante de las aerolíneas. Se acomoda, toca una vez más su preciosa carga comestible bajo sus ropas y piensa:

– “¿Habrá estado bien, venirse a Madrid?”.

– MESONERO

Autor: Armando Aravena Arellano

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3 pensamientos en “Abdellah

  1. MUY BIEN CARACTERIZADO POR ACCION EL PERSONAJE PRINCIPAL Y SU MUNDO. SABIAMENTE INCORPORADO EL AMBIENTE SIN PERDER PALABRAS, MAGISTRAL AL MOMENTO DE ADMINISTRAR LA TENSION DEL RELATO. MUY DELICADA MANERA DE LOGRAR UN HAPPY END DIFERENTE. EXCELENTE CUENTO

    J.A.

  2. muy bien lograda la descripcion del personaje principal mediante accion. excelente la introduccion al lector en el ambiente. Muy buen manejo de la tension del relato que no afloja nunca. Delicado y bien concebido el happy end en forma distinta y no trivial

    J.A.

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