I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Tres Cuentos De Ganfud

LA FUERZA DEL TIGRE Y EL LEÓN

En cierta ocasión, el erizo Ganfud se presentó en la guarida del león, diciendo:

–          ¡Disculpe, rey Sbaa! Vengo a preguntarle por una cuestión.

–          ¡Adelante, Ganfud! –contestó el león.

–          ¿Quién es más fuerte, usted o el tigre?

–          ¡Por supuesto que yo!

–          ¿Entonces…?

–          ¡Entonces qué! –dijo Sbaa intrigado.

–          Es que…

–     ¡Habla! ¡Habla ahora o no lo volverás a hacer! –dijo el león enfureciéndose.

–          Es que el tigre me dijo ayer que era él mucho más fuerte; que era capaz de tumbarte con la fuerza de uno de sus pedos.

–          ¡Se va a enterar ése de la fuerza de un león!

–          ¡Estoy de acuerdo contigo! Pero tienes que prometerme que no le dirás que te he contado lo que me dijo, porque si no, tratará de acabar conmigo.

–          ¡Tranquilo! Te lo prometo, pero mañana por la mañana se va a enterar el tigrecito de por qué soy o y no él, el rey de los animales.

Después, el erizo Ganfud marchó a donde estaba el tigre y así le dijo:

–          ¡Hola amigo tigre! Tengo una cuestión que preguntarle.

–          ¡Habla, Ganfud! –dijo el tigre.

–          ¿Quién es más fuerte, usted o el león?

–          Yo soy más fuerte que él, lo  que ocurre es que como no se atreve a meterse conmigo, pues yo también le dejo en paz.

–          ¡Si ya decía yo! –dijo Ganfud.

–          ¿Decías? –preguntó el tigre.

–          Que a mi también me pareces más fuerte tú, pero…

–          ¿Pero? –preguntó el tigre intrigado.

–          El león…

–          ¿Qué ocurre con el león?

–          Pues que Sbaa va diciendo por ahí que es capaz de acabar contigo sin despeinarse la melena.

–          ¡Será…! ¡Se va a enterar ése! Mañana, cuando amanezca, iré a buscarle y lo voy a destrozar.

–          ¡Está bien, amigo! Pero tienes que prometerme que no le dirás nada al león de lo que hemos hablado, para que no la tome luego conmigo.

–          Está bien, gran amigo Ganfud y gracias por avisarme.

El erizo entonces se marchó y al amanecer, junto a su amigo Edib, el chacal, se escondió tras unos matorrales, observando la llegada del tigre y el león, que sin mediar palabra, se abalanzaron el uno sobre el otro y comenzaron una violenta y brutal pelea, que no se detuvo hasta que las dos fieras estuvieron moribundas. Ni tan siquiera se pudo saber cuál de los dos era más fuerte, porque ninguno vivió para contarlo. Entonces, Ganfud le dijo al chacal:

–          ¿Y decías que un erizo no era capaz de vencer a un león y a un tigre a la vez?

GANFUD Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA 

            Érase una vez Ganfud que fue a pasar delante del pastor Abderramán con una vieja lámpara entre los dientes.

–          ¿Qué llevas ahí, Ganfud? –preguntó.

–          ¡Mi lámpara maravillosa!

–          ¿Lámpara maravillosa? ¿Estás de broma? –contestó el pastor riéndose. Seguro que es una de tus artimañas.

–          ¡Que va! Hace días que la tengo y si le doy un beso, hace que caiga de los cielos aquello que le pida.

–          ¡Eso no puede ser! –dijo el pastor extrañado.

–          ¡Claro que puede ser! Y me concede cada día tres deseos, ni uno menos, ni uno más.

–          ¡Anda Ganfud, vete a engañar a otro tonto!

–          ¡Lámpara, mi vieja lámpara! ¡Lámpara de los deseos que siempre se cumplen! ¡Dame un ratoncillo, pues tengo mucha hambre!

Entonces, el erizo besó la lámpara y ¡zas!, que un ratoncillo cayó desde el cielo.

–          ¡No puede ser! ¡Debe ser casualidad! –dijo el pastor, que no acababa de creerse lo que estaban viendo sus ojos.

–          ¡Lámpara, mi vieja lámpara! ¡Lámpara de los deseos que siempre se cumplen! Dame una moneda para que pueda comprar.

Ganfud besó la lámpara y ¡zas!, que al momento fue a caer una moneda del cielo, justo en el lugar donde ellos estaban. El pastor, después de aquello, sí que empezó a pensar que aquella lámpara debía ser maravillosa y que si lograba que fuera suya, le haría tremendamente rico. Así volvió Ganfud a decir:

–          ¡Lámpara, mi vieja lámpara! ¡Lámpara de los deseos que siempre se cumplen! ¡Dame una manzana! Que me sirva de postre después de comerme el ratoncillo.

Ganfud volvió a besar su vieja lámpara y ¡zas! Que ciertamente una manzana cayó desde el cielo, aunque eso sí, se hizo pedazos. Entonces, Abderramán dijo de forma amenazante:

–          ¡Quiero esa lámpara para mí!

–          ¡De eso nada! Mañana volveré a pedir tres deseos. Con esta lámpara maravillosa tengo la vida solucionada.

–          ¡Quiero esa lámpara! – volvió a decir el pastor gritando.

–          ¿Y qué me darás tú a cambio?

–          ¡Te daré todo mi rebaño! –contestó el pastor.

–          Ya sé que vale mucho más, pero ciertamente me parece muy valioso también tu rebaño –dijo el erizo. ¡Está bien!

Así pues, el pastor marchó feliz con la vieja lámpara, mientras que Ganfud marchó también muy contento con su rebaño. Después de alejarse un tanto del lugar, Ganfud dio un fuerte silbido y se le apareció delante de sí el águila real, a quien dijo:

–          ¡Amiga águila! Elige la oveja que más te guste, ya que a ti te pertenece por hacer todo lo que te dije que debías de hacer.

Al amanecer, el pastor se puso a decir a la lámpara:

–          ¡Lámpara, mi vieja lámpara! ¡Lámpara de los deseos que siempre se cumplen! ¡Dame una bolsita con monedas de oro!

Después besaba la lámpara y miraba al cielo, pero allí no caía nada. Volvía a decir la fórmula una y otra vez y besaba la lámpara otra y una vez más, pero allí no se cumplía ninguno de los deseos que solicitaba. Al final, desde la entrada de su jaima dio un grito que se escuchó en todo el país saharaui:

–          ¡Ganfuuuuuuuuuuuuud!

Esta ha sido la historia de Ganfud, que encontró una lámpara que no servía ya para nada y fue a cambiarla por un rebaño de ovejas.

EL MÁS FUERTE; EL ERIZO O EL ELEFANTE

            Ganfud fue en cierta ocasión en busca del elefante y le dijo:

–          ¡Amigo, me han dicho que eres muy fuerte! ¡Pero no creo que lo seas tanto como yo!

–          ¡Claro que lo soy, pequeñín! –gruñó el elefante.

–          Entonces… si tú te crees más fuerte que yo y yo estoy seguro de serlo más que tú; deberíamos hacer una prueba de fuerza para salir de dudas.

Como quiera que el elefante estaba convencido de ser el vencedor y le satisfacía además el derrotar al mismísimo Ganfud, estuvo de acuerdo e incluso se prestó a que el propio erizo fuera quien determinase cuál sería la prueba. Debería derribar el elefante una docena de árboles y llevarlos a un lugar que indicó Ganfud, cerca de las jaimas y debería hacerlo en el menor tiempo posible. Al acabar el enorme elefante, le tocaría el turno al pequeño erizo.

            El elefante inició la tarea y no con poco esfuerzo, en cerca de una hora completó su labor; había llegado el turno de Ganfud, que se puso a empujar el árbol como había visto hacer al elefante para tratar de derribarlo, pero el árbol ni se movía. Probó varias veces pero nada. Entonces dijo:

–          La verdad, señor elefante… creí que no serías tan fuerte como yo. ¡Enhorabuena! Me siento humillado.

Tras decir aquello, marchó del lugar entristecido, derrotado por el poderoso elefante quien, por el contrario, marchó todo orgulloso por su gran demostración de fuerza y por haber derrotado al astuto Ganfud.

            El erizo marchó hacia la jaima de Manaha, Gabal y Mohamed, entrando en ella, diciendo:

–          ¡Hola amigos!

–          ¿Qué ocurre Ganfud?

–          ¡Perdonarme por molestaros! Pero a menudo suelo venir y me quedo tras la puerta de vuestra jaima, escuchando las historias que contáis o las maravillosas anécdotas que os suceden y ayer os escuché decir que deseabais buscar la forma de ayudar al pastor Larosi y traerle los árboles que necesitaba y no era capaz de talar y trasportar hasta su jaima.

–          ¿Has pensado ya cómo hacerlo? –preguntó Manaha.

–          ¡Ya está todo hecho! Podéis decírselo al pastor.

–          ¿Cómo lo lograste, Ganfud?

–          Bueno, con mucha astucia y con la fuerza de un elefante.

Entonces les contó la historia de cómo logró engañar al elefante y encima que marchase feliz.

Autor: Xabier Susperregi

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