I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Un Encuentro en el Desierto

Estaba feliz.  Me había recibido con todo los honores en la facultad de Arqueología de El Cairo, en Egipto,  y ahora podría organizar la expedición a uno de los desiertos más impresionantes del mundo. El desierto del Sahara. Con solo nombrarlo sentía ese temor a lo desconocido.

Quería seguir el camino recorrido por  Champollión,  cuando a través  de la interpretación de la escritura  geroglífica  en 1821, le arrancó al pasado el secreto de una de los más antiguos  focos de la civilización, que databa por lo menos de 10.000  años  de antigüedad.

Quería conocer las monumentales figuras del Patio del Templo de Ramsés Tercero  en la fabulosa ciudad de Carnac.

Tenía todo listo para partir,  había utilizado toda la última semana organizando el viaje.  Con la  ayuda  de un viejo guía preparamos las carpas, los camellos, el jeep  y todo aquello  que necesitaríamos en el desierto.

Fueron duros días de travesía por ese desierto  que a cada momento trataba de detenernos.

En una tormenta de arena perdimos algunos camellos  y alimentos. Eso era una mala señal

Al llegar a Carnac estábamos extenuados, pero faltaba lo peor.

Al segundo día  cuando estábamos en la parte más profunda de una galería ésta se derrumbó.  Perdí en ese terrible accidente  todo lo que tenía, pero lo más increíble era que me había quedado solo, sin guía y sin alimentos.

Vagué por el desierto durante dos días  y cuando creía que todo estaba perdido,  vi  no muy lejos,  un hombre montado en un camello que se acercaba lentamente.  Corrí hacia él  con las pocas fuerzas que me quedaban.  “Agua” rogué,  “Agua  por el amor  de Dios.”  El jinete como si no entendiera me miraba desde su montura. “Agua”  volvi   a repetir.

El desconocido me respondió  tranquilamente: “Agua,  no,  solo vendo corbatas.”

Desesperado  grite: “Agua, quiero agua.”

“Imposible”, me contesto.  Y con una pregunta que me desespero, me  dijo: ”Quiere  comprar una corbata.”

Sin aliento negué  con la cabeza y el hombre tranquilamente se alejo al trote de su camello.

Creo que me desmaye, porque cuando desperté  estaba amaneciendo.  Otro día  de tremendo calor empezaba. No sé  cuanto camine  y al borde de mis fuerzas, vi otra vez al jinete que se acercaba. Esta vez no corrí  ni grite, no tenía  fuerzas.  Nuevamente  el se acerco  al paso de su camello.

“Agua”  volví  a rogar, “Agua”.

El repitió otra vez: “Agua. No. Solo vendo corbatas. Compre una, le va a hacer falta”

Con lagrimas en los ojos y la boca seca apenas pude decirle: “Agua, solo quiero agua”.

El jinete desapareció de mi vista, y horas más  tarde, cuando estaba a punto de morir, vi desde lo alto de una duna, un oasis.  Muchas palmeras, blancos edificios,  personas que jugaban, pero por sobre todo vi tres enormes piscinas  llenas de agua.  Mi mente solo podía pensar  en el agua.

Me acerque con mis últimas fuerzas  hasta la entrada del oasis, donde un imponente  beduino que estaba de portero, me cerró  el paso. Tenía una enorme cimitarra  cruzada en la cintura.

Con el último  aliento le rogué.  “Agua, déjeme pasar”.

Y el mirándome con desprecio me contesto: “Lo lamento, pero sin corbata no puede  entrar”.

                                                                                                                 Autor: Henry  W.

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