I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Como si su música jamás se agotara

-Esa noche pude ver los rayos de luz-


Esa noche pude ver los rayos de luz

descomponerse sobre la nieve, esa noche

sentí cómo tu sangre y la mía circulaban juntas,

esa noche como nunca esperé la punta del amanecer

volverse una parte de tu ojo que ya casi no parpadeaba.


Los relámpagos entibiaban la noche

mientras afuera la nieve envolvía casi todo

con su película de luz, menos las puntas de las rocas

que quizá brillarían si quisieras iluminarlas cuando soñabas:

desde tus ojos se proyectaban relámpagos que segundos después

caían desde el cielo, así como la nieve que venía de la noche

viajaba en secreto por un túnel hacia nuestra sangre.


Nunca sentí a alguien como esa noche,

cuando mientras pasaba el dorso de mi mano

por la tela de tus párpados, escuché cómo suspirabas

y me decías que te sentías sola. Afuera nevaba, poco

pero nevaba. Sin embargo por la luz que salía de tus ojos

imaginé las amarras de un bote soltándose, algo así como

el punto de partida para lo que fue el mejor sueño del mundo:

acariciarte una y otra vez en un ciclo que no era de este planeta,

un tiempo de nieve deslumbrante que cada vez que titilaba en tus pupilas

derramaba en toda la casa un rayo de luz que apuntaba a mi ojo.


-Ni siquiera es temprano…-


Ni siquiera es temprano, está casi

a punto de amanecer y no hay fulgor

que anuncie las costuras del día:

esta tiniebla larga como los años

que pasaron, esta noche pienso

en esos días ventosos de mayo

que no fueron a ninguna parte,

cuando apenas teníamos veinte

y ya habíamos perdido aquello

que soñábamos en la infancia.


Ahora este invierno en mi casa

repaso el contorno de tu voz

para así disipar este amanecer

empeñado en delinear su borde

de luz. Pienso que tal vez yo sólo

deambulo en busca de esos hilos

de luz que emanás cuando sueño:

acaso soñar con vos es una forma

de volver a perder todo aquello

que tal vez nunca hayamos tenido.


-Mi Secreto-


Hasta bien entrados mis cuatro años

iba con mi almohada a cada excursión

que me proponían, -mi compañera

bajo mi brazo derecho-, como una

leve extensión de mi cuerpo.

No concebía abandonarla nunca

ya que con ella me daba ciertos

lujos: acostarme en la luneta del auto

y convertirla en mi segunda cama,

o en el jardín -no importa cuál-

bajo una sombra pródiga, yo era capaz

de soñar y soñar, distraerme del mundo

entre los pliegues de esas plumas.

En aquellas épocas yo imaginaba

que dentro de mi sueñera había

un núcleo de felicidad propio

imperceptible para los demás

que solamente yo notaba. Nunca

quise compartirlo con nadie, por eso

si me preguntaban adónde había ido,

yo me reía -era extraño- tapándome

la cara y buscaba en la superficie blanda

el verdadero mapa del siguiente sueño,

las coordenadas en donde la realidad

se pulverizaba en imágenes privadas.

De todo lo que soñé durante años

puedo evocar el miedo ante un tornado

viniendo por mí en medio del desierto,

y los médanos -como si fueran de agua-

desgranándose como una sombra

frente a mis iris sin amparo.

Después de todo, lo maravilloso

de los sueños es que luego, los ojos

se abren como dos antenas parabólicas

y toda la imaginación se cierra

como la tapa de un cofre, y ya nadie

puede descubrir dónde es que yo

guardo -con recelo- mi secreto.


-A punto de perder su propia vida-


Es un amanecer tenue de sol frío

y -como siempre- saco dos naranjas

del bol y me dispongo a exprimirlas,

a quitarles con furia toda esa maravilla

que guardan en el centro de sí mismas:

su forma redonda se ofrece a mi mano

y de pronto siento un leve asombro

por la relación que se establece entre

la rugosidad de su cáscara y mi piel

apenas húmeda después de ducharme.

Agarro las dos naranjas con mi mano

derecha y las arrojo al aire -primero

una y después la otra- y se desata

en las alturas una función alucinada

de metódica desmesura: las esferas

cada vez más brillantes, anaranjadas

y pulidas se consagran como estrellas

mínimas, desplegándose en este rito

antes de que las decapite y el tiempo

les dé su última palada: dos mitades

idénticas y perfectas ahora reposan

en la quirúrgica mesada de granito

a punto de perder su propia vida.


-Diciembre-


Amanecían los primeros días de diciembre

y muy temprano los ómnibus iban y venían

lentos por sus dársenas y la ráfaga agitaba

mi bufanda en esa intemperie rosarina,

en ese banco de pino oxidado, desde donde

podía ver las manos ajadas de los otros, titilando

en una mañana inflada de reencuentros y despedidas.


Precisamente era el dos de diciembre, cuando de refilón

relampagueó en mi ojo derecho una mueca de tu cara gastada

y onduló por mi boca como una rompiente.


Casi ya se iba el amanecer, los muchachos se dispersaban

disimulando que tenían que hacer tiempo y mis ojos

barrían una y otra vez los planos por los que se movía

tu flameante vestidito color pastel. Durante el desayuno

bebimos naranjas exprimidas y perdiéndonos por las calles

arribamos a la veterinaria donde hacía unas doce horas

habían sacrificado a tu setter irlandesa,

tu perra de toda la vida, así me dijiste.


Volvimos a la terminal donde se nos acercó un perro

marrón con el sol filtrándose en su pelaje desgreñado

y lo acariciaste -yo imaginé- con tus dedos

de eriza, regalándole el calor de tus manos

por sus orejas caídas y abandonadas,

por la trufa siempre húmeda y atenta

a las infinitas moléculas que conforman

ese universo canino de los olores.


Después -algunas noches- dormimos juntos

en tu casa de Fisherton y el primer amanecer

me convidaste té negro, mientras yo me deslumbraba

con los miles de lunares que irradiaban tu espalda,

sin embargo lo más prodigioso fue compartir el oxígeno

alucinado de esos días, así como la convicción

de que por primera vez en mi vida no deseaba

estar en ninguna otra parte.


En esas largas madrugadas apenas dormía,

-en mis ojos se dilataba el tiempo entero del mundo-

y yo levemente palpaba el contorno de tu cintura

con la yema de mis dedos fríos buscando

acorralar la forma de tus sueños.


Finalmente diciembre se fue y se llevó

en su memoria veraniega el extenso resplandor

que nos alumbraba, y una noche regresamos a la terminal

para despedirnos como si pudiésemos montar una escenografía,

una gran maquinaria para manipular el tiempo,

volver a esos segundos en que desfilaste

por mis pupilas y que forjaron una intimidad

quimérica y precaria entre dos desconocidos.


-Postales-


-Prólogo-

Nunca imaginé que el paisaje de Alaska

fuera como es, una acumulación lisa

y fría de autopistas, glaciares y picos

árticos de montañas que sin desearlo

congelan los sueños de sus habitantes.

Así, la primavera en que mis ojos y esta

maravilla se cruzaron, no pude decir

nada, y emergió un leve hálito de mi boca

volviendo gélida cada una de las imágenes

que aún se guarecen en mi memoria.


-I-


Aquí, la nitidez del desierto

es una foto continuamente velada,

por eso los ojos demoran algunos meses

en ajustarse a la forma en que casi todo

se inunda de un extenso fulgor glacial.

Nadie sabe, quizá sólo los esquimales

puedan acertar a describir la agonía

diaria, los secretos que se murmuran

de oído a oído con las lenguas casi

entumecidas, al borde de un silencio

parecido a la noche que aquí se obstina:

largas semanas como un cielo raso

que esconden el verdadero sueño

en las duras pupilas de sus habitantes.


-Como si un rayo te atravesara-


En Alaska, el universo que han construido

para que puedas resguardarte del frío polar

es tan sereno como el desierto después

del mediodía. Ahora las puertas despintadas

crujen en los vaivenes del viento y están

con las llaves colgadas a la espera como

si alguien -de verdad- quisiera recibirte.

Quizás no varíe la escena pero estás solo

como no lo estuviste nunca, y recordás

el preciso instante -la energía en tu brazo-

cuando arrojaste las llaves de tu casa

y supiste -como si un rayo te atravesara-

que ya no podías volver atrás. Alguna vez

podrás decir que tuviste -al menos- una

certeza: ese día de agosto de dos mil nueve

Alaska se demoró en tu cuerpo y se impuso

como la próxima parada de un largo viaje

después del abandono de tu casa materna.

Autor: Juan Pablo Bonino

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Un pensamiento en “Como si su música jamás se agotara

  1. Ok me gustan muchos todo lo que he podido leer. “Mi secreto” me encanto, “Ni siquiera es temprano” me pàrese hermoso y solamente me queda felicitarte y desearte toda la suerte del mundo, porque eres una gran mujer y lo màximo muy espiritual. Aquì tienes una amiga ya que me encanta las poesìas. Desde Venezuela con amor.

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