I Concurso Literario por un Sahara Libre!

EL VALOR DE LA QUINCALLA

06 de Diciembre de 2009, son las 5:30 horas y el viejo y destartalado Land Rover acaba de marcharse. Por fin hemos llegado. Tras hora y media de incómodo y traqueteado viaje a través del desierto, nos encontramos en la Wilaya de Auserd, uno de los campamentos de refugiados saharauis en el Tindouf (Argelia).

El encargado de la Wilaya, y después de espetarnos el preceptivo salam malecum, se dirige hacia las bolsas de rafia con forma de “balón de playa” – como consecuencia de su trajinado viaje -, en el cual y en su exterior, la foto del niño de acogida de la operación Vacaciones en Paz, está pegada y protegida con cinta transparente. Anota el nombre del niño, le entregamos el resto de la documentación,  y coteja con sus datos. Todo correcto. Se introduce en el paupérrimo edificio construido a base de adobes (bloque de barro y pasto), travesaños de madera y chapa galvanizada.

El sepulcral silencio de la gélida madrugada, se hace añicos con el retumbar de las palabras  impregnadas de una chirriante interferencia producida por los desacoplados decibelios del megáfono.  Los cuales, son esparcidas por el inocuo aire hacia la infinita explanada. Donde las Jaimas, y resto de fantasmagóricos habitáculos  inundan el paisaje.

Tan solamente las palabras que definen el nombre de Fanna – nombre de la madre del niño – y el de éste, me son reconocibles.

El hombre pregonero sale del edifico y nos entrega los papeles. De nuevo se lleva la palma de su mano a la boca en señal de reverencia, nos lanza otra vez el salam malecum, y se recoge en el edificio. Me da a entender – o al menos así lo creo -, que después de casi veinticuatro horas de viaje, el protocolo de logística ha terminado.

Ahora sólo queda esperar…

La claridad del amanecer va ganando terreno, y un pálido tono de sienas y ocres, estallan bajo el cielo estrellado cada vez más difuminado, inundando nuestras retinas.

Al fondo, aparecidas misteriosamente, dos lejanas figuras  parecen tener movimiento. El balar de una cabra  y el ladrido de un perro, así lo corroboran: se mueven.

Se están acercando, la oscuridad de sus estilizadas siluetas son completamente identificables. Sin duda alguna de trata  de ellos, efectivamente: son Fanna y Mohamed.

La primera, la madre. El segundo, el hermano mayor – patriarca ocasional al encontrarse el padre alistado en el Frente Polisario -.

Los respectivos saludos y hacia la Jaima.

Trescientos metros, no más. Tras desposeernos de nuestros calzados, nos invitan a entrar. En el interior, una batería de coche suministra corriente a una pequeño fluorescente, el cual, emite una agónica pero suficiente claridad, para distinguir los rasgos de nuestros anfitriones.

Impresionante. La belleza de Fanna me embauca. El color de su tez oscurecido a base de sol, aire y teñidos de henna es espectacular, “posiblemente inigualable en su ejecución”.

Las alfombras que sobre el suelo ocultan la batida y fría arena bombardean con su colorido el melancólico y exiguo decorado del interior de la vivienda. Donde una mesa de madera estacionada en uno de los rincones, y una bandeja plateada con la tetera de color rojo y nueve vasos pequeños de cristal sobre ella, dan por finalizado el escueto y sencillo patrimonio de enseres.

Mientras que Fanna nos ubica el equipaje en otro de los rincones, Mohamed ha ido a una de las dependencias de adobe de las que se compone la propiedad urbanística familiar, para llamar al resto de los inquilinos que aún dormitan.

Y van llegando: Maila; Laila; Menno; Hammed; Salma…

Uno a uno, hasta siete en ese momento – a lo largo del día llegarían más -, van entrando en la Jaima.  De mayor a menor, y con el sueño aún reflejado en sus caras, se dejan caer de rodillas sobre la alfombra. ¡Y por fin Abdalah! El abrazo que Puri (mi mujer) y el niño se otorgan mutuamente, es una de esas docena y media  – no más -, de imágenes inolvidables que un ser humano va a ser capaz de retener en su mente de por vida.

…Y luego, a desempaquetar el equipaje.

Ésto para Fanna; ésto para Maila; ésto para Laila….y así, hasta su reparto total…

…Y después, sus regalos. Todos de quincalla, pero su sencillez, les hace inigualables.

13 de Diciembre 2009, aeropuerto de San Pablo, Sevilla, 2:30 h.

El golpear de la ruedas del tren de aterrizaje sobre la pista, es seguido de un espontaneo y agradecido  aplauso. El suspiro aliviador es sin duda alguna el acto expresivo más común de todos los allí presentes.

Las cámaras de fotos y los móviles comienzan su ritual. Unas, para intentar inmortalizar el momento, los otros, para dar fe de él.

Extraigo la mía de la funda donde merecidamente descansa en el interior del troller de mano ,  pulso el disparador y busco la instantánea. Cuando veo sus resultados, se me viene a la mente que si estos artilugios, pudieran expresar todo lo que captan, además de con la imagen, con la palabra, a buen seguro que más de una vez dejarían caer esa frase anónima que dice: “Vive bien el presente. Así, en el futuro, tendrás un bonito pasado”. Añadiendo a continuación “que yo lo inmortalizaré”.

Y haciéndola mía por unos momentos,  y gracias a otra de la ventajas del mencionado artilugio, busco una de las primeras imágenes guardadas en su memoria y me vuelvo al pretérito…

Una vez terminado el ritual de la entrega y recibimiento de los regalos, nos ponemos en manos de ellos. Como el tiempo es el mayor de los tesoros que poseen, deciden que el primero de ellos le disfrutemos en la Jaima y a ser posible durmiendo.

Tarea difícil de lograr. Aunque todos, excepto Abdalah, nos han dejado abandonando la vivienda, el conciliar el sueño se nos antoja un logro inalcanzable.

Conocidos es de todos que la industria del descanso (entiéndase por ello: cama, colchón, almohada, etc…) no es, de las de mayor porvenir por estos lares. Motivo por el cual, y con buen criterio, habíamos decidido que en la intendencia que transportásemos para el viaje, un par de sacos de dormir ocuparían un lugar privilegiado.

Enroscados en uno de ellos, y después de una susurrada conversación Puri y Abdalah se rindieron. A mí me ocurrió lo mismo, y aunque soy de los que siempre anda de tortas con Morfeo, esta vez me ganó la batalla.

Como consecuencia de una inesperada visita a la hora aproximadamente, el despertar fue tan instantáneo, como cardíaco. Una invitación al rezo que proveniente de un altavoz a todo volumen y que allí mismo, dos Jaimas más arriba, se colaba inmisericorde en la nuestra. Cuanto eché de menos en ese momento una almohada para esconder mi cabeza y apretarla sobre ella.

¡No por Dios! suplicaba por si había alguno por allí cerca que pudiera oírme ¡ésto no!

Abdalah,  con sus enormes y negros ojos,  me mira  al tiempo que con la mano, tapa su desdentada boca.

  • ¡Ésto se avisa! – le dije

A lo que el niño introdujo su cabeza en el interior del saco de dormir dejando escapar sus risitas.

  • Si, tú riete, pero ésto se avisa – le dije de nuevo – ¿No será a todas las horas ? – le pregunté.

  • No. Por la mañana y por la tarde.

Aliviado ante su contestación, me lo tomé con buen humor y me hice a la idea que durante aquella semana,  cambiaríamos el canto del gallo del Tío Andrés, por la proclama religiosa musulmana.

El primero de los días en el poblado cubrió con creces las expectativas que del viaje esperábamos. Los compañeros de viaje que ya conocían, tanto el que nosotros visitábamos, como el resto de los asentamientos, hablaban con conocimiento de causa y al igual que al resto de primerizos en este tipo de contactos, nos pusieron en antecedentes sobre lo que allí nos encontraríamos. Y no se equivocaron en nada.

El día comenzó con el ritual del animal sacrificado en honor nuestro. Un joven cabrito que al llegar de madrugada encontramos atado en el recinto de la vivienda fue el elegido para tal fin. Aunque casi de obligado cumplimiento es el estar presente cuando el filo de la navaja secciona la carótida del animal, el ritual no fue inmortalizado en fotografía ninguna. Aunque soy cazador, las armas blancas  me producen escalofríos.

De lo visto durante el resto de la jornada muchas fueron las cosas que me impactaron. El enumerarlas es anteponer unas por delante de las otras y creo que no es lo más adecuado, ni justo. Desde  que vi los primeros rayos del sol en el desierto, hasta que éste se ocultó en el horizonte, todo lo visto me pareció de igual importancia y casi todo sobrecogedor.

Pero en verdad si algo tuviera que elegir para encabezar el ranking,   sin duda alguna sería la imagen tan dolorosa que me he traído de la gente joven. Una gente joven que deambula de un lado para otro del poblado sin porvenir ni rumbo fijo.

Eso en cuanto a lo visto. Porque en cuanto a lo captado, sin ningún género de dudas, es el sistema de anarquía participativa, pacifica  y solidaria en el que rigen su convivencia.

En cuanto a la cotidianidad de los habitantes allí residentes, es de lo más lúgubre y anodino que se pueda uno imaginar. Su cultura y forma de vida es tan contrapuesta a la que nosotros “disfrutamos” que se me antoja, que si no fuera porque el eslabón que en la actualidad nos une a ellos, como es el programa de Vacaciones en Paz”, y – ésto quiero entrecomillarlo -,  el de la “deuda histórica y moral” que tenemos con ellos, sería casi imposible el mantener una  mínima relación.

Del resto de los días hasta agotar los  planificados, era pura fotocopia uno del otro. Siendo precisamente esa monotonía y relajación la que más nos ha hecho disfrutar del viaje.

Si no fuera porque este viaje ha coincidido en el tiempo con el episodio vivido por la activista Aminatou Haidar, que indirectamente influía en nuestro ánimo –  al sumarse otra injusticia más a las ya soportadas por el pueblo Saharaui -,  posiblemente hubiéramos disfrutado aún más de él.

1 de Enero de 2010, día de Año Nuevo, son las 5:30 h. y  acabo de entrar por la puerta de mi casa.  Después de una noche de fiesta en la que he compartido alegrías y felicitaciones con mis amigos, he notado que me falta algo. Miro a mi mujer y observo cómo se va desprendiendo de sus abalorios. Entre ellos, un collar (regalo personal de Fanna), traído del Sáhara. Entonces me doy realmente cuenta de lo que supone y significa: “ EL VALOR DE LA QUINCALLA “

Autor: Vicente Giraldo Sánchez

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