I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Las arenas doradas…

La emoción abrumadora de poder transitar en suelo africano tantas veces añorado, fue sumergirme en ese continente de ensueños, algarabías y bellezas el cual competía y lograba empequeñecer por amplio margen las asperezas del terreno, que sacudían con violencia los vehículos en nuestro derrotero por el Sahara.

Dos años atrás conocí a  Manuel en Buenos Aires. El tiene su domicilio en Tenerife, pero recorre los países de habla hispana por cuestiones de negocios. Siempre que tengo la ocasión de poder verlo aprovecho pues su amplio conocimiento sobre alfombras persas rescata mis más profundos y mágicos recuerdos de las historias de antaño leídas por mi madre.
En nuestra última reunión hace seis meses le exprese que me agradaría poder visitar alguna tribu nómada que aun conserve sus costumbres ancestrales. Al parecer el ímpetu de mi deseo fue tal que dijo sorprendido
–   Que te impulsa a querer ir a pasar penurias en el desierto?
–  El deseo de ver como vivían nuestros antepasados, bueno los míos,  por tu aspecto puedo arriesgarme a decir que perteneces a otro grupo.
–    Es verdad, los míos son de otras latitudes; pero quédate tranquilo, porque a mi regreso me contactare con un amigo altruista, es antropólogo y pertenece a una organización internacional que estudia la evolución de las tribus y a la vez buscan la manera de detener el avance de los arenales sobre las zonas fértiles.
–   Ha tenido éxito?
–   No mucho pero no claudica, además recorre periódicamente la región del Sáhel.
Dos meses después me envió un e-mail con el número telefónico de Mohamed.
Al día siguiente busque la hora apropiada y me comunique, Manuel lo había puesto al tanto de mis intenciones y con beneplácito accedió a ser mi guía e interprete. Ese día hicimos una cita para encontrarnos en la bella ciudad de Kuakchott que esta enclavada en una estrecha franja fértil a orillas del océano Atlántico.
Luego de mi llegada me llevo  a cenar a su casa.
A la madrugada del segundo día partimos hacia el noreste, rápidamente abandonamos la zona verde del litoral.
Ambos vehículos estaban bien equipados inclusive llevaban una amplia jaima, tienda oblonga y rectangular, armada con franjas unidas de tejidos de pelo de camello.
Nuestro primer destino fue Terjit la distante, lugar al que arribamos después de seis horas de viaje. La vegetación y el agua termal convierten este oasis en un lugar magnifico.
Al ver el lugar nos dejamos caer de bruces sobre la hojarasca, el viento había traído briznas de pelaje suave de los dromedarios las cuales quedaban irremediablemente atoradas en las pequeñas oquedades de las palmeras. Todo este espacio delicioso, este vergel disipo nuestro cansancio y el de muchos otros que vienen a abrevar a sus bestias en este espacio de tierra más feraz.
Dos días después rumbo a nuestro nuevo destino pudimos apreciar el amanecer. El sol parece emerger raspándose contra el borde agreste de la duna la cual armada con el filo de un antiguo Saif o Nimcha lograba despellejarlo y desprender de este fulgores naranjas y oro que se extendían generosamente sobre la arena hasta llegar a nosotros tiñendo todo de luz.
En ese trayecto el fue explicándome de forma amena sobre las tribus y cuando concluyo su monologo dejo escapar de sus labios como remembrando un adagio.
– La sangre nos une pero la fe nos separa.
Pudimos avistar de lejos las jaimas colocadas en círculo, esto permitía que los animales permanezcan protegidos en las noches dentro del aprisco que allí quedaba delimitado. La algarabía de nuestra llegada marco un acontecimiento feliz, es que son muy atentas con los huéspedes.
Después de los saludos de rigor sirvieron el te con una pequeña tetera finamente trabajada acompañada de pequeños vasitos tratados con mucha delicadeza, junto a esto un pan de azúcar protegido por su embalaje. Sirvieron el liquido muy calientes y bien espumosos en tres rondas que se beben de a pequeños sorbos, la primera es amarga como la vida, la segunda algo mas dulce, dulce como el amor y la ultima mucho mas dulce, suave como la muerte.
Por la noche fuimos a un collado del Erg Uarane, a esas horas la naturaleza descubre su tesoro escondido en el firmamento, de pie sobre el promontorio mas visible de la duna y bajo el domo magnifico donde titilan millones de astros, logre sentir que estaba en el centro de todas las luces. La magia umbrosa me envolvió y al extender los brazos estime que quizás si me esforzaba un poco podría atrapar algunos de los más pequeños he inasibles luces que parecían tan cerca de mis dedos.
Absorto permanecí en silencio observando la belleza suspendida sobre mí como un sinnúmero de esmeraldas, rubíes y diamantes engarzados en esta porción de cielo. Ante tan magnitud todos los murmullos se disiparon y solo oí el ritmo de mis latidos.
Este paisaje esplendoroso para el buen observador es más que solo grava y arena o todas las vicisitudes infringidas por el clima.
Se puede observar como el Sahara nutrió de vida y moldeo el espíritu indomable de sus habitantes y los elevo a la sublime condición de hombres libres, dueños indiscutibles de sus destinos y protectores de sus costumbres. Así es como los mauritanos viven bajo la protección de Alá y como fieles discípulos del profeta.
Íbamos de regreso.
Deje que mis pensamientos floten en el aire cálido de ese nuevo amanecer.
Hacia varias horas que viajamos callados, solo la inconfundible voz ‘barma’ deNe’ma Mint Chuej con su Ardine y su familia de griots haciendo coros y palmas.
Fue cuando nos dispusimos a regresar que busque la caja revestida en cuero y lustrada, sobre la cual lucia una placa de bronce con una inscripción en español y en árabe como recordatorio por la visita.
En su interior guardaba un facón hoja de acero de 40cm, el cual poseía mango y vaina de alpacas finamente labradas, elemento que era usado por los reseros argentinos hace un siglo atrás. Muchos de estos hombres de campo arreando animales por las pampas acampando en sitios inhóspitos y con costumbres nómadas y en algunos puntos hallé similitudes entre aquellos gauchos y estos beduinos.
Traje el arma como un presente de agradecimiento para el hombre que con gran amabilidad me brindara la oportunidad de introducirme en sus costumbres y aprender de ellas.
Llego el momento de la partida y fui en busca del obsequio del cual todos en mi grupo conocían y no lo halle. Con asombro por esta situación se lo comunique a mi guía y amigo el cual presento la situación ante la autoridad de ese campamento, muñido de una fotografía del elemento en cuestión y el motivo por el cual había sido traído.
Sin mas y encolerizado por la descortesía que había sufrido inicio una exhaustiva búsqueda y lo hallo escondido bajo unos almohadones en la sección donde dormían dos de sus camelleros.
Sin poder vislumbrar al culpable solicito la ayuda de su anciano padre el cual permanecía bajo su cuidado en el sector de huéspedes.
Cuando estuvimos todos reunidos, anuncio una prueba que realizaría entre ambos sospechosos para descubrir al inocente. Había hecho cargar dos ánforas con el tinte usado para dar color a los tejidos y mando a cada uno de ellos que arrodillado introduzca una mano abierta en los recipientes en cuestión, agregando que el que sacara la palma de la mano sin teñir seria el inocente.
Ambos lo hicieron a un mismo tiempo, pero el ladrón temeroso de ser descubierto cerró el puño antes de tocar el líquido. Cuando recibieron la orden ambos las sacaron y el mas joven mostró en alto a todos los presentes la suya limpia.
Sin hacerse esperar el juez del pleito lo declaro culpable alegando que su delito lo inclino a hacer trampa. Toda la petulancia seso al verse descubierto. Atrapado y quejumbroso pidió clemencia sabiendo que sus leyes no admites lenidades.
Con mucha calma el astuto anciano lo interpelo.
–  Por que pretendes conservar una mano que te traiciono dos veces?.
-FIN.- 
Autor: Roberto Attias
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