I Concurso Literario por un Sahara Libre!

LOS JARDINES DE ALÁ

Cuando Alá terminó de crear el mundo, se sintió complacido de su trabajo y encargó a sus arcángeles que vigilaran el buen funcionamiento de la naturaleza mientras Él planificaba el gran destino de la Humanidad.

Tiempo después el arcángel Gabriel llegó ante Alá y le dijo:

—Señor, las aguas están demasiado quietas y sería bueno para tu obra que toda la Tierra recibiera humedad para mantenerse lozana.

Entonces, Alá llamó al arcángel Javier y puso en sus manos un soplo divino, cálido y tumultuoso, ordenándole que lo soltara sobre los océanos para que aleteara libre como una paloma y fabricara tormentas que llevasen agua a cada rincón del planeta. Javier partió a cumplir con el mandato y Alá siguió ocupándose de los Hombres, sabiendo que Gabriel le informaría de cualquier nueva necesidad.  Y así fue, luego de que las lluvias se derramaran sobre los prados y los montes, y el agua formara ríos y canales que infundían vigor a todo lo vivo, Gabriel volvió ante la presencia de  Alá diciendo:

—Señor, la Tierra no tiene brillo y sería bueno para tu obra que el sol reverberase para que la luz se reflejara sobre todo lo que tu gloria ha coloreado.

Alá llamó al arcángel Miguel y puso en su bolsa un manojo de polvo fino y dorado como el oro, indicándole que lo rociara sobre cada continente para que garuara en forma delicada y provocara destellos de sol en cada lugar del mundo. Miguel ató la bolsa a su cinturón y partió a cumplir con la misión, mientras Alá volvía a sus planificaciones confiando en que el juicioso Gabriel le comunicaría cualquier urgencia.

Iba Miguel volando sobre los continentes, metiendo la mano en la bolsa y espolvoreando los rincones, cuando pasó frente a él una mariposa del color del cobre que parecía concentrar la luminosidad del fuego y la belleza de un atardecer. Miguel siguió a la mariposa tratando de atraparla y, con una audaz voltereta, la alcanzó. Luego de observarla con profunda ternura, la echó a volar nuevamente empujándola con su aliento. Recién entonces notó que el contenido que quedaba en la bolsa se había precipitado, cayendo cada uno de los granos sobre Sahara. Las arenas se reprodujeron con rapidez formando un desierto temible que devoró la vegetación y se bebió las aguas.

Miguel se sintió angustiado y culpable al ver al pueblo de aquel lugar hincando la rodilla y clamando:

—Padre… ¿Qué haremos ahora? Sin agua, sin cosecha… Estaremos a merced del Mal… Lejos de tu amparo.

Alá convocó a Miguel para pedirle cuentas. Muy avergonzado, el arcángel ofreció sus alas a cambio de que se rehiciera el vergel. Alá se conmovió tanto con este gesto que cientos de sus lágrimas emocionadas cayeron sobre el desierto fabricando oasis diseminados entre las grandes dunas y en donde las hierbas buenas para los camellos se entremezclaban con las matas de lavanda y las aljabas. Cada uno de los círculos de agua endulzó sus orillas, aderezándolas con marañas desprolijas de berro, y generó alfombras de pasto glauco recortado por manchones de achicoria. Las enredaderas se movieron como brazos agitados en el viento y enmarañaron los troncos de las datileras. Las higueras retorcieron sus cortezas hasta tocar con sus hojas el penacho tierno de las albahacas y abanicaron su fragancia convocando a las abejas. En un instante, cada jardín emanado de los ojos de Alá, se convirtió en un edén donde la sombra albergó a los animales y a los hombres. Para cuando cayó la tarde, los panales henchidos se perfilaban al amparo de los nogales y las frutas surgían en plena sazón moteando de colores diversos la espesura verde. Desde las cinturas doradas que envolvían a los plantíos corrieron los antílopes en busca de cobijo, guiando en tropel el vuelo de los halcones. Los hombres comprendieron que aquellos huertos nacidos de la piedad debían perdurarlos a través de todas sus reencarnaciones, por lo que, a lo largo de los siglos, quien sacia su apetito con los frutos sagrados, ofrenda a la tierra la semilla con el fin de perpetuarlo para las generaciones futuras.

Decidido a resarcir con creces el sufrimiento de aquel pueblo, Alá ordenó a Lail que se combara sobre el desierto para que la noche fuera como una mujer morena, con una luna en el ombligo y lunares de plata brillando en cada estrella. Y puso en los corazones de aquella raza un manantial de poesía para que de sus bocas salieran siempre palabras frescas y hechiceras cargadas de pasión y belleza. Miguel, por único castigo, perdió la capacidad de pasar desapercibido como los demás arcángeles. Desde entonces, lo preceden mariposas de cobre adonde quiera que vaya. Y, cuando una bandada ígnea como el crepúsculo surca el horizonte, todos saben que por allí anda Miguel cumpliendo un mandado de su creador.

Cuentan que, también desde aquel día, el vientre de Lail protege a los moradores del desierto de las fuerzas del Mal con la devoción de una madre. Que las noches en sus oasis son las más hermosas del Universo y que los poetas del pueblo consentido son capaces de enamorar a las mariposas.

Autor: Isabel Ali

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