I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Abdú, el hombre del desierto

Cuando desperté estaba sola en el beit, la habitación hecha de adobe. Sacudí las moscas de mi cara, me recogí el pelo y me vestí con la melfa que la familia me había regalado. Se trataba de una tela que cuando las chicas saharauias se colocaban con sutil gracia me resultaba insinuante y femenina. Obviamente, yo me la puse como pude y salí al patio.

En el centro, el majestuoso Abdú presidía la reunión. Los jóvenes sentados a su alrededor lo escuchaban ensimismados así que, sin romper la magia del momento, discretamente me coloqué a un lado y observé.

El anciano estaba sentado sobre la alfombra. La darráh de azul intenso resaltaba sus cabellos blancos y su piel oscura y mientras calentaba el te hablaba con voz profunda en hassanía. Yo me dejaba llevar y me zambullía en su mar de palabras y aunque apenas las entendía, sí comprendía la gravedad de sus gestos, la serenidad de sus manos y la belleza de su mirada… Una mirada que perdió la visión algunos años atrás, luchando en el frente, pero que conservaba el color miel irisado de unos ojos nacidos en el Sahara. La ceguera, en cambio, no le impedía a Abdú preparar el té y recordar cada detalle de las dunas que lo vieron crecer. Con anhelo y esperanza contaba a los chicos cómo era la tierra de sus padres, de sus abuelos. Una tierra que ellos no conocían aún, pero que algún día les sería devuelta. Lehbib, Dah, Brahim y Biga imaginaban en silencio y sólo cuando el viejo guerrero paraba, para probar el te, murmuraban con preocupación. Probablemente reflexionaban sobre cuán dura fue la guerra, sobre cómo se inició el exilio y sobre lo incierto del futuro… Y yo, desde mi invisibilidad, sentí vergüenza al contemplar aquella escena. Los jóvenes de mi sociedad ya no nos parábamos a escuchar a los ancianos con ese respeto…

El color anaranjado de la tarde cayendo sobre los elzams, el olor al lebjur y el contacto cálido de mis pies sobre la arena, me atraparon y me transportaron. Durante un rato creí estar como en un sueño y sentí conectar con un mundo que no conocía, pero que llevaba dentro mí. Aquella forma sencilla de vida, aquellos valores, aquella dignidad… despertaron mi admiración por un pueblo que sobrevivía, pese a las dificultades, a través de los tiempos…

El primer te, amargo como la vida ¡ya estaba listo! Abdú me ofreció su vaso y los chicos se giraron sorprendidos. Yo también lo estaba, pues pensé que nadie había notado mi presencia, pero ojos del viejo polisario ya no necesitaban mirar para ver… Le di las gracias al hombre del desierto: “Xucran jazila, skifec?”. Todos sonrieron, también Abdú.

Autora: Arantza Leila

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