I Concurso Literario por un Sahara Libre!

La muerte

Roberto y su madre se bebían la esperanza gota a gota, desde que los doctores les anunciaron la enfermedad mortal al muchacho. -Es demasiado joven para morir, les aseguro que puede pelear con esta enfermedad, es apenas un adolescente, y es muy fuerte.- insistía su madre.

Él solo sufría, ya no soñaba con nuevos países, ni con otras mujeres; mejores, o más bellas que, las que había conocido hasta ahora. Tampoco volvió a recordar la alegría del mar, ni la de valles que desde pequeño lo cobijaron en aquel paisaje de horizontes, aventando trigo.  A pesar de la atracción que despertaban en él los pueblos de sus abuelos, con  su carga de   aromas y sus encalados de brillo nacarado. No los volvió a nombrar, y mucho menos tenía la intención de visitarlos, desde que supo la noticia fatídica de su cáncer incurable.

Mamá, ahora que empiezo  a morirme, me acerco más  a la tierra desde cualquier sitio por donde la piso; aunque no conozca  ni el nombre de las calles. Las sombras comienzan  a aparecer cerca de mí,  profanan mi voz, mis risas y mis pasos que, crujen  sedientos  de partículas de calcio. Esta sangre enferma, casi no se las proporciona a mis huesos. Calla hijo, no pienses en eso, eres fuerte.

Nunca antes había hablado yo de la muerte en primera persona, ni con la muerte en persona, como desearía hacer, tampoco. Pero ahora me rompo con nada. Si intento caminar unos metros, o si me exigió un poco de esfuerzo. El  dolor impaciente, es el que  la nombra, incluso por su nombre. Se familiariza uno mucho con ella, cuando marcha a tu lado todo el día, mamá. Tanto, que terminas conversando como si tal cosa. Esto le ocurría a menudo a Roberto, y su madre no deseaba que fuera así.

Su madre, se levanta y se marcha del cuarto, dejándolo solo unos minutos. Va a acercarse un momento a su habitación, para cambiarse la ropa de calle. No va a salir de momento, y está más cómoda por la casa en pijama. El chico solo, se siente más libre, no desea que ella lo vea desesperado, y menos cuando llama a la muerte, como ahora.

-Parca, dime, ¿crees que veré este Agosto próximo? Valla pregunta verdad,  ¡no sé, si  remotamente existiré mañana por la noche, para el cumpleaños de mi padre!  Tampoco, si me dejará esta tarde Luisa, besarla por primera, y quizá, por última  vez… Si, yo lo sé, a pesar de los ánimos de mi familia, se que pronto tu  serás la que beses mis labios;  saborearas mi  nombre y tu victoria. Ya gotea y se derrama mi copa, se encuentra llena de cansancio ¿Qué no me hablas?, ¡no me dices nunca nada!, y mira que te pregunto cosas, y cosas y cosas.

A ver, qué opinas, ¿qué te parece, si decidiera salir esta tarde?, aunque tenga mi madre que cargar conmigo y con  el paraguas ¿Crees que desfalleceré si lo intentamos? No es plan dar un susto a mis amigos, eso no. Si no me ves con posibilidades, hazme una señal.

Hoy tengo el día muy molesto, pero los chicos me llamaron, se han empeñado… además, curiosamente, parece que ahora, desde que se marchó mi madre… En estos momento me encuentro bastante mejor que, hace un rato. Mira, puedo caminar mas erguido, y me fatigo menos.

De ponto a los hombros de Roberto se le acomodaron su chaqueta de punto, colocada por su madre la noche anterior en el perchero. Su mano sola, se giró suavemente hasta agarrarse al puño del paraguas de su padre. Él estaba muy excitado, y no lo  reconoció, ni lo extraño. Es un ejemplar antiguo, fuerte y familiar, de color negro. Celosamente lo guardaba  el matrimonio, desde hacia tiempo en su armario.

Roberto, tembló, sintió de pronto el aliento de una voz caliente, próxima a su cara que, suavemente le conducía por el pasillo hasta la puerta; invitándole a salir. Mamá voy a dar una vuelta. -Dónde vas con la que está cayendo hijo. Espera un momento, y yo te acerco después con el coche. –La voz imperturbable, lo sacaba por el brazo  hacia la calle; a pesar del enfurecimiento de su madre que, no logró cambiarse a tiempo el camisón, para salir a impedírselo. Si lo veía necesario, lo seguiría hasta la propia calle.

Eres tú, verdad Parca, ¿dónde me llevas? Imagino que a la cafetería no. -No Roberto, ahí no vamos. Debes despedirte de tu ciudad, de tu calle; de tu madre no podrías. Ella, bueno, su amor. Se empeña en mantenerte vivo como sea, incluso a costa de tu dolor; por eso te he sacado de casa. Al lado de los tuyos, el final se retrasaría mucho más, y el alivio de tu cansancio también.

Llevas sufriendo demasiado tiempo, eres muy joven, demasiado. Era necesario que yo hiciera algo por ti, y lo estoy haciendo.- Gracias por todo,  sé que me encuentro en buenas manos.- Ahora mismo, las mejores, Roberto.-

El chico, aunque ya apenas puede ver, si escucha el bálsamo de la voz que lo acerca hasta un escalón para tumbarlo, y se deja arropar por ella. Todo se ha vuelto tan sereno, tan ligero para él. La pesadez  de   su cuerpo dolorido, no existe. El calor que emite  la voz de la muerte, lo consuela. Se acerca cada vez más a  ella, y reposa su cabeza sobre el   vaho calentón que, es su cara. Los dos compenetrados, cierran los ojos. Roberto descansa en paz.  Y no puede escuchar el grito desesperado de su madre, cuando llega a la carrera, desde su casa  hasta la puerta donde él se encuentra. Ya  está frío e inmóvil.

Autora: Calamanda Nevado Cerro

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