I Concurso Literario por un Sahara Libre!

En el desierto

El desierto no tiene puertas.

Es un solo cuerpo, tendido.

Arriba, el cielo es un desierto también.

No tienen centro.

Dos pequeños puntos caminando Son dos que han sobrevivido

Están en busca del santuario.

No saben lo que buscan,

Pero saben que lo encontrarán.

En algún lugar, arriba o abajo

Está una cueva de arena o piedra.

Sus abuelos les contaron la leyenda de Mimboè y Kamú.

A noventa centímetros del suelo, Flotando y dormido, Yace Kamú.

Está desnudo, cubierto por una sábana de color indefinido.

Sus manos cruzadas, descansan sobre su cuerpo intacto, su rostro no hace gestos.

Es claro que está concentrado en su sueño.

El durmiente está girando continuamente,

A veces lento, a veces rápido,

Sobre su propia órbita

Como si siguiera el ritmo de alguna melodía ultra-terrena.

Luz de algún color iluminando todo.

Cerca de su lecho flotante se vislumbran tambores y platillos antiguos.

En el muro, dibujos y signos borrados por el polvo de lo que no existe más.

La luz proviene de Mimboè.

Ella tiene el cabello largo, los ojos rasgados e incoloros.

Lleva un vestido claro, casi transparente.

Para saber cómo llegaron ahí

Hay que cavar un poco en la memoria

Preguntar al viento,

al humo,

al silencio

Kamú significa “Fuego amado”

Mimboè significa “Canto de cristal”

En aquellos tiempos Kamú era un brujo sin edad.

Sabía de todo, construcciones, curaciones, predicciones…

Había conocido todo el continente, pero no conocía los secretos de su propia alma.

Entonces Mimboè era todavía una joven juguetona,

Le encantaba cazar mariposas por el día y estrellas por la noche.

Era alegre, pero solitaria. Mimboè se enamoró de Kamú primero,

El día en que vio su reflejo en el lago, bajo la cascada,

Todo dentro de un espejismo.

Sin ser bruja, ella lo supo.

Sin ser bruja, lo embrujó con su amor.

Kamú no podía creer que alguien conociera su alma antes que él mismo.

Desde entonces permanecieron juntos.

Él la ayudo a crecer sana y sabia.

Ella, le contó todos los secretos del viento

Y le enseño a mirar el desierto al anochecer.

“La arena canta”, le decía.

El tiempo pasó, pero no sobre ellos.

Kamú a veces callaba,

Mimboè sabía escuchar esa quietud.

El era su refugio y su abrigo.

Y así pasaron varios años.

Una noche, Mimboè se dio cuenta de que Kamú había permanecido en silencio todo el día.

Su mirada estaba perdida.

La duna le había contado historias terribles, Mimboè escuchaba llantos en el viento.

Se sentaron al anochecer y la arena contó:

Hombres de todos los colores sangrando,

Luchando,

Matando,

El desierto llorando,

Las dunas manchadas,

La naturaleza toda doliéndose por sus hijos…

Las estrellas les mostraron grandes cantidades de gente,

Pueblos con animales cargados, marchando,

Abandonando la tierra. Sufrimiento, gente olvidándose…

Lo demás ocurrió de manera irrevocable.

Una mañana Kamú no despertó.

Mimboè no gritó, no se desesperó, Sabía que había que esperar hasta el final de la búsqueda.

Lloro sin decir nada, lloro hasta la última lágrima.

Vinieron los curanderos.

Vinieron las mujeres, dijeron a Mimboè que vistiera de negro,

Que había enviudado.

Todos marcharon

Y los olvidaron para siempre.

Vinieron los soldados y creyeron que la casa era una tumba,

Ni siquiera entraron.

Ninguno de los dos es viejo.

El es negro como la noche, rasgos finos.

Ella, lleva en cada dedo varios anillos de oro, anillos en sus trenzas.

La explicación es simple.

Una noche exacta, una vez al año

Salen de los ojos cerrados de Kamú una gota de oro líquido.

Antes de llegar al suelo, se transforma en anillo.

Mimboè está despierta meditando, sin tocarlo

A veces quiere besar a Kamú.

No puede, con sólo rozarlo, el eco de cristal lo despertaría.

Baila a su alrededor y recuerda las mariposas.

Mimboè brilla porque tiene fe.

Kamú sueña con el futuro.

Con los caminantes que los buscan.

Mimboè aguarda al fuego amado.

Se cuenta que al anochecer, sale a la duna a cantar

Sabe que Kamú encontrará su alma cuando vuelva la paz a su tierra.

Sigue girando él, sigue amando ella.

Dicen que cuando un hombre pasa por allí,

No desea pelear nunca más con sus hermanos.

Dicen que cuando una mujer pasa por ahí,

Adquiere el don de reconocer al hombre que amará por siempre.

El templo, aparece cada vez que un hombre pide que no hayan más guerras en el mundo.

Las estrellas muertas, el llanto, el tiempo pasa.

Pero no sobre ellos.

Mientras ellos amen,

Y sueñen

No dejara de haber esperanza.

Anoche soñamos que ella cantaba.

Soy de los que caminan, soy de los que creen.

Nuestra lucha, es una lucha de generaciones

Seguimos en caminata… quizás mañana los encontraremos…

Autora: Mariaire Peredo Guzmán

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