I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Mi padre ha muerto

Mi padre ha muerto. Ayer salió de la dahira y no ha vuelto como se fue; quiero decir que lo trajeron en una camilla, no dando patadas al polvo como era su costumbre. Fue a Auserd a visitar a su hermano, que está enfermo, que le falta la pierna y cuatro dedos de la mano derecha. Pero de eso no tiene la culpa mi padre, ni sus hermanos, ni mis abuelos. Tampoco yo, que soy un niño y apenas llego al borde del pozo. Cada mes mido mi estatura con el fusil de padre;  pronto lo sobrepasaré y podré ver el orificio del cañón desde arriba, y eso para mí y para los míos es importante, aunque en casa nadie quiere tenerlo porque dicen que es cosa del demonio….y de los marroquíes. Si no fuera por esa gente que vive en nuestro país no tendríamos armas, los abuelos nos hablarían de las leyendas del desierto y mi padre surcaría el mar en un pesquero.

Mi padre se perdió en la Hamada. El médico lo examina de arriba a abajo. Diagnostica la gravedad de las quemaduras, le da agua a sorbos, le anima para que narre lo ocurrido, pero mi padre solo habla del mar, de la brisa salada y de sus compañeros del pesquero, casi todos muertos, uno en España. Estira los brazos para mostrarnos el tamaño de la corvina que pescó cuando era casi niño. Medía dos metros. Se ríe, preguntada por madre y todos nos miramos en silencio: madre está a quinientos  metros de la jaima, en el cementerio. Al poco se duerme y sueña con aquel compañero canario del pesquero, que vuelve cada tres o cuatro años de visita, con medicinas, con un gran bizcocho y con la tristeza en la comisura de los labios. Patea las piedras de alrededor de la jaima, observa la acacia que crece junto al corral de cabras y musita “no lo hicimos, bien, no lo hicimos bien…”. Mi padre le dice en sueños que no tiene importancia, que algún día su pueblo volverá a admirar las olas del Atlántico, a introducir los pies en sus aguas, a contemplar la puesta del sol desde el puerto de El Aaiún.

Mi padre ya no volverá a pasear por las calles de su infancia, tampoco mi madre. El médico no le da más de tres días de vida. La hamada le ha vencido, la nostalgia también. Ya no podrá plantar avena en el humedal ni apoyar su espalda en el tronco de la higuera del patio de su casa abandonado hace muchos años. El médico me dice que la tristeza le ha vencido, que las medicinas pueden curar pero cuando el alma decide abandonar el cuerpo para no estar prisionera de los recuerdos, poco se puede hacer, hay que dejarla marchar.; seguro que sabrá encontrar el jardín de sus recreo.

Regreso con mis hermanas y hermanos del entierro. El fusil sigue apoyado en la pared. Me mido con él. Sin duda he crecido varios centímetros en un día. Ya puedo mirar por el orificio de la muerte. Mi hermana me besa en la mejilla y me susurra:¡has heredado el fusil de padre!. Eres un hombre y algún día nos llevarás a la casa de padre para recoger los frutos de la higuera y contemplar la puesta del sol. La miro y no sé que decirle. Temo perderme en la hamada, no encontrar el camino de regreso…han pasado tantos años, que solo quedan los relatos de madre antes de mandarnos a la cama.

Me llaman para practicar tiro con el fusil. Caminamos bajo un sol indolente, buscando un lugar alejado del juego de los niños. El horizonte de piedras no tiene principio ni fin. ¿Cómo pudimos vivir aquí tantos años sin desfallecer como pueblo?- me pregunto mientras intento reconstruir en un cielo de ceniza la sonrisa despreocupada de mi madre ordeñando la cabra-. El último parto la mató pero ya casi no tuvo leche para mi hermana menor. ¡En este pedregal los símbolos de la vida duran poco tiempo!.. Mi madre era lo más vivo de este lugar, mi madre y la esperanza del retorno. Ella ya no está y mis compañeros aseguran que la ONU obligará a Marruecos a aceptar su retirada del Sahara. Debería creerles: tengo el fusil de padre, las manos con los dedos completos, se orientarme por el desierto y comparto con mucha gente el secreto que las estrellas ocultan a nuestros enemigos. Ellas me hablan, me señalan con su luz el camino a seguir, me miran atentas y, a veces, me guiñan con sus voces verdosas; y cuando los marroquíes las miran desde El Aaiún ellas se burlan y les dicen, dejando de brillar, que son unos extraños en aquella ciudad y que pronto tan solo serán fantasmas deambulando por los laberintos de su avaricioso rey.

Me hablan de padre. Defendió su casa hasta que ya no le quedó bala alguna. Antes de marchar al exilio besó el tronco de la higuera que plantó su abuelo. Todavía guardamos un libro en español con una hoja de higuera seca. Temo tocarla para que no se esparza por la habitación como la arena del desierto. Mi hermana pequeña la quiere conservar intacta, dice que es el mayor tesoro que ha heredado, que yo tengo el fusil y ella la historia de nuestra familia, y que cuando volvamos a nuestra tierra serán más importante los recuerdos que las balas. Yo nunca he visto el mar pero sé como es, mi padre me lo describía con gran precisión: las olas, sus cabalgaduras de espuma, los barcos al fondo sobre un horizonte de mermelada azul. A eso le llama mi hermana recuerdos. No al fusil ni a los enemigos que abatimos en la hamada. La muerte no es un atributo de los pueblos; la alegría sí, el vivir en la tierra de nuestros ancestros, comer las frutas del mismo árbol que las comieron los abuelos, rezar en los mismos rincones y buscar los mismos escondites cuando hacemos una travesura.

Mi padre ha muerto. Siempre me dijo que cuando el faltara debería regar la higuera de la casa de El Aaiún. Pasarán muchos años pero volveré y la regaré, padre.

Autor: Lucía Sánchez Sotelo

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