I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Un desierto de Marruecos

Sintió como una mano le agarraba y le ayudaba a escapar de la oscuridad. Alaoui salió al mundo,pero a un mundo desconocido. La roca que había atrapado su pierna se la había destrozado. Los brazos de su amiga Rabab estaban rasgados, pero ella no se quejaba, se mantenía firme, mirando al frente e intentando descubrir a dónde les habían llevado.

– Rabab, me duele la pierna, no puedo andar. ¿Dónde estamos?

– Yo te llevaré, pero espera, primero decidamos orientarnos hacia alguna dirección.

– No vamos a llegar al cole.

– No sé si en este sito habrá cole.

Alaoui se apoyó en el hombro de Rabab y ambos comenzaron a andar entre un océano de arena y tierra. Allí, como si de barcos hundidos se tratase, las casas se derrumbaban a su paso y creaban ondas en la arena que golpeaba su rostro. Conforme pasaba el tiempo el sol pesaba más sobre sus espaldas. Rabab soltó a Alaoui y ambos cayeron en la arena. La pierna de Alaoui había cambiado de color y el dolor había aumentado. Lo único que podía hacer era gritar y llorar.

– ¡Cállate! Parece que tuvieras dos años. – dijo Rabab debilitada y terriblemente cansada.

– Has sido tú la que me has tirado, además ya tengo siete.

Entonces se hizo un silencio. Sus oídos se taponaron y un ruido estremecedor comenzó sonar en medio de aquel desierto. La arena volaba y se metía en los ojos de los niños. A lo lejos una sombra enorme se acercaba velozmente hacia ellos.

– Rabab, tengo miedo. ¿Qué es eso?

– ¡Tápate los oídos!

Un monumental avión pasó por encima de sus cabezas. Alaoui se abrazó a su amiga, ella se quedo fijamente mirando al monstruo de acero hasta que desapareció.

– ¡Era un avión de Marruecos!- exclamó Rabab muy segura.

– ¿Estamos en Marruecos? – preguntó el niño.

– Por lo visto nuestros secuestradores nos han traído a un desierto marroquí.

Los dos amigos continuaron andando por medio de aquel desconocido lugar de Marruecos. Alaoui arrastraba su pierna, ya no la sentía, el dolor había desparecido pero se había llevado también la pierna. Llegaron a un pueblo. Un ataque había destrozado las casas y colegios, había sangre por toda la calle y las pocas personas que se veían estaban desmayadas o muertas. En medio de aquellos restos, Alaoui divisó a un hombre que se levantaba del suelo. A pesar del dolor, los dos niños corrieron desesperados hacia él. El hombre estaba apoyado en la pared, su cara estaba llena de sangre y lágrimas.

– ¡Hola señor! Somos dos niños saharauis, nos han secuestrado. – exclamo Alaoui.

– ¿Usted sabe cómo podemos volver a nuestra casa? – preguntó su amiga.

Se produjo un silencio, el hombre agarró las cabezas de los niños, los abrazó contra su pecho y con lágrimas en los ojos les dijo: No habéis salido de ella.

Autor: Miguel Suárez del Cerro

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