I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Más que un amigo

¡Cómo cambia todo contigo!  Puede caerse el cielo, pueden cubrirnos las nubes pero te miro a los ojos y veo salir el sol…Gracias por luchar por mi sueño, porque yo sé que te costó mucho mi visado para venir a España, y sé que lo has hecho porque sabes mi historia y sabes del renacer de mi gran ilusión. Dijo el abuelo con la voz temblorosa y con los ojos en las puertas del llanto.

Todas estas palabras tienen un origen, un comienzo y un por qué. Todo empezó en la ciudad del Aaiún, en un desierto lejano y seco, el rubor de una amistad entre un español, que era el capitán Braulio Jiménez y un saharaui, que era mi abuelo.

Él era Mulay, un hombre de altura media, moreno, de ojos grandes y negros, sonrisa amigable, nariz larga y mirada familiar, hijo de Mohamed Mahmud nacido en Amgala en el año 1928 en el Sahara Occidental, era un joven beduino que no le daba a nada más interés que a su rebaño y a sus estudios de Corán que le enseñaba su padre Mahmud todas las tardes en la parte trasera de la casa ya que por las mañanas salía con su rebaño y su perro guardián Lubi y no regresaba a casa hasta pasado el medio día para comer, en lo que más tarde daría clases de una hora y luego saldría a charlar con sus amigos los españoles, en especial su gran amigo el capitán Braulio.

Éste era según las descripciones del abuelo un hombre alto, de cabellos dorados, ojos amielados, nariz chata y boca ancha, tenía el brazo izquierdo lleno de marcas por la guerra ya que cuando era cabo había sufrido un ataque, era un hombre humilde, valiente y demasiado generoso. Los dos eran inseparables, tenían planes de futuro juntos, Braulio le iba a enseñar al abuelo Toledo que era su ciudad natal y el abuelo le enseñaría a Braulio el árabe. Pero todo cambió cuando comenzó la marcha negra, más conocida como la marcha verde. Una noche el abuelo y Braulio fueron atacados por unos marroquíes mientras daban un paseo ordinario que hacían cada noche después de cenar. Los amordazaron y los metieron en una camioneta vieja que olía a gasolina derramada.

Los llevaron a un colegio apartado de la ciudad donde había mujeres de todas las edades, niños y niñas, incluso bebés y hombres, los golpearon y los encerraron en un aula. Y así estuvieron días enteros, sin comer, ni beber y sin ver la luz del sol. El abuelo se apoyaba en Braulio y lo defendía ya que algunos hombres que estaban con ellos lo atacaban sin piedad diciendo que es culpa de España y mi abuelo les replicó que los españoles no son el gobierno y que dejaran al capitán tranquilo, que no les había hecho nada y que el enemigo eran los marroquíes.

Así sigueiron días enteros, hasta que ya no podían más, estaban marchitados, hundidos, débiles, sin fuerzas pero conservaban lo más importante, la ilusión, la esperanza, que los mantenía a flote. Días y noches sin comer ni beber y respirando todos el mismo aire, hasta ese momento, cuando entraron soldados marroquíes y empezaron a ponerlos en fila recta, los contaron y les empezaban a hacer preguntas, entre las cuales preguntaban dónde se esconden los rebeldes, quiénes eran los que realizaron el ataque de la noche anterior y más tarde entró un hombre vestido con traje y empezó a preguntar por sus nombres y a escribir cada palabra que decían. Hasta que llegó a Braulio y se quedaron anonadados, no entendían qué hacía un español ahí, el soldado enfureció y mandó a llamar a los que los secuetraron y los empezó a gritar y luego a golpear mientras los llamaba ineptos e incompetentes, mientras que el hombre de traje se llevó a Braulio y ya más no supo nada de él el abuelo.

Hasta una noche que estaban todos agotados, intentado conciliar el sueño que habían perdido desde la noche del ataque, empezaron a escuchar ruidos detrás de la puerta que estaba cerrada con dos candados, se escuchaban golpes, gritos y algunos disparos y de repente se abre la puerta y entran siete españoles y dos saharauis, había mucho ruido y afuera se escuchaban más gritos y disparos, y de entre tanta gente aparece Braulio, el capitán Braulio, con su traje y una pistola, a pesar de lo nervioso que se le notaba no perdía la fuerza que entonaban sus ojos marrones que brillaban con la luz de la lámpara que entraba a través de la vieja puerta rota. Fue directo hacia el abuelo, lo levantó y lo abrazó, más tarde se llevaron todas las personas que había y cuando salieron al pasillo vieron como abrían más aulas donde había más gente que al igual que ellos llevaban días encerrada ahí.

El abuelo se subió al coche de Braulio con dos soldados más y empezaron a conducir sin pausa, parecía que no tenían rumbo fijo. Al amanecer llegaron a una casa abandonada a las afueras de la ciudad, le dieron de comer al abuelo, le dieron ropa para que se cambiase y siguieron su camino sin parar a descansar. Y así siguieron dos días, viajando en el desierto, no se veía nada más que arena conquistadora y dueña del horizonte. El abuelo había recuperado las fuerzas, y estaba hablando entretenidamente  con los soldados en lo que consigue ver seis coches y una camioneta vieja que viajaban juntos y parecían llevar más pasajeros de los que sus límites permitían. Se acercan hasta la multitud y  para y se bajan Braulio y el abuelo, éste se queda ausente ya que no comprendía nada, hasta que escucha a lo lejos la voz de su padre Mahmud llamándolo, se gira y lo ve, se dan un gran y cálido abrazo, lleno de añoranza y cariño. Mahmud le explica que Braulio fue a verlos una noche mientras estaban escondidos en una granja de animales en el barrio viejo, Braulio les ofrece su ayuda para cruzar la frontera con Argelia, además les proporciona vehículos  para que así puedan seguir a los demás hasta su destino, Tinduf, para sobrevivir a los ataques de los marroquíes, siguiendo así a los tantos saharauis que han huido al desierto argelino para salvarse.

Entre abrazos y lágrimas se despiden Braulio y el abuelo y éste se lamentaba de no poder cumplir su promesa de enseñarle el árabe y no poder ver Toledo. Más que un gran amigo fue su salvador y por eso hoy se lo agradezco a los nietos de Braulio, con los cuales comimos el abuelo y yo ayer en Robledo Del Mazo, el pueblo natal de Braulio, aunque a mi abuelo se le llenaron los ojos de lágrimas al ver que los sueños pueden hacerse realidad, pero le faltaba algo importante, la presencia de su gran amigo y salvador Braulio, ya que su familia nos recibió con una gran mala noticia, la muerte de Braulio a los 58 años por cáncer en el pulmón. Una noticia triste para un día perfecto,  de sueños cumplidos y de ilusiones realizadas.

En memoria de la persona gracias a la cual hoy puedo contar este relato.

Autora: Monina Nayem Mohamed

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s