I Concurso Literario por un Sahara Libre!

BALADA DEL DESTERRADO

Habito, desde niño,

de mi patria muy lejos:

desde que, con sus tropas,

nos la ocupó el Monarca de Marruecos.

La distancia y los años,

sin embargo, no han hecho

que olvide ni quién soy ni lo ocurrido.

Todo muy claramente lo recuerdo:

la invasión, los soldados, los cadáveres,

los terribles aviones bombarderos,

los muros y trincheras,

la desesperación, el hambre, el éxodo…

No se va de mi mente;

ni un instante me deja de sosiego

y, cuando abro la boca,

las mismas cosas mil veces refiero;

mas no vivo abismado

en el dolor ni creo

que esté todo perdido,

sino que la esperanza firme tengo

de que con la victoria de los míos

acabarán la guerra y el destierro.

No importa que muchísimas personas

proclamen que mi pueblo

ha sido derrotado y que agoniza,

condenado al olvido sin remedio,

en un rincón minúsculo

del enorme desierto.

No importa que me digan que es inútil

y aun suicida el empeño

de seguir adelante a toda costa.

No importa que me digan que estoy ciego,

sordo o loco. No importa

que digan que procedo

muy temerariamente

contra lo que las armas han resuelto

y aprobado juristas y políticos

que en resolver conflictos son expertos.

En vano se fatiga

tanto triste agorero

tratando de hacer mella

en mi irrompible pecho.

Más: cada vez que toman la palabra

para infundir zozobra y desaliento

en mí, lo que consiguen

es que sienta por ellos

la pena que por mí quieren que sienta,

porque me represento

que ellos son los vencidos, los apátridas,

los dementes, los ciegos,

los que no tienen nada

por lo que pelear, los que están muertos.

Yo, muy por el contrario,

sé por lo que peleo:

por lo que peleó mi padre, cuando

con otros compañeros,

fue a defender al frente

lo que creía que era su derecho:

el vivir en su patria

sin sentirse extranjero.

Él, que nada sabía del combate,

fue a luchar contra ejércitos

a los que no faltaban

víveres, estrategas ni dinero;

fue a luchar por lo suyo;

fue a luchar aun sabiendo

que corría muchísimo peligro;

mas él no se rindió jamás al miedo.

¿Quién que en su sano juicio esté podría

llamar atrevimiento,

disparate o locura

a la lucha del dueño

que sólo conservar su tierra quiere

frente al que, a sangre y fuego,

pretende arrebatársela?

¿Quién dirá que es exceso

defenderse en un caso semejante?

Yo tan claro lo veo

porque soy ofendido;

porque todos los días lo padezco,

de la misma manera que mi padre

lo padeció en su tiempo.

De la misma manera que mi padre

entonces peleó por su derecho,

sin abatirse nada,

con el mismo tesón y el mismo empeño

que en él hubo hasta el último suspiro

ahora yo peleo.

No me importa si es mucho lo que falta

para de libertad gozar de nuevo;

no importa que los meses y los años

pasen raudos o lentos

pues seguiré luchando sin descanso;

y, cuando sea viejo,

y me sienta cansado,

y con su manto negro

el ángel de la Muerte

me envuelva, no por ello

terminará la lucha

que mi padre hace más de tres decenios

comenzó por la patria,

pues la certeza tengo

de que, después de mí, serán mis hijos

los que ocupen mi puesto;

y, tras ellos, sin duda,

continuarán mis nietos.

Unos tras otros, fieles y constantes

seguiremos luchando con denuedo;

hasta al Sahara ver emancipado

del yugo insoportable de Marruecos

y poder proclamar a todo el orbe

que aquello que era nuestro

-el país, con su historia y su cultura-

vuelve a pertenecernos.

Porque la patria no es tan sólo tierra;

no luchamos por polvo del desierto

ni siquiera por todas las riquezas

ocultas en su seno.

La patria es algo más que la materia;

la patria son los vivos y los muertos;

somos nosotros, son nuestros vecinos

y los que habitan lejos;

los que viven ahora;

los que nos precedieron

y los que nacerán dentro de mucho,

cuando aquí ya no estemos;

la patria son los libros y las danzas,

las canciones, los cuentos

sobre héroes y monstruos

que oímos de pequeños;

y las palabras raras

de algún raro dialecto

con que los naturales

nos contamos secretos;

La patria abarca todas estas cosas;

y, al ser tantas, no nos resignaremos

jamás a que se pierdan…

así que, por muy fiero

que el Rey alauí sea,

por mucha fuerza y miedo

que haga contra nosotros

para sus fieles súbditos volvernos;

no evitará que un día

se realice el sueño

de que <<Sahara libre>>

en un Sahara libre proclamemos.

Autor: Dámaso Suárez Iglesias

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