I Concurso Literario por un Sahara Libre!

EL CORAZÓN DE UNA DUNA

      El desierto, no mira desde nuestros ojos nómadas, sino con el alma de sus mujeres. Aguarda cauteloso. Contempla en silencio, con ese mismo amor que ellas engendraron con dolor desde la tierra. Aquel día resultó especial para Hadiya Brahim. Un Boeing 737 traía a su madre. Después de un año, tres meses y catorce días se reencontraron, fundiéndose en un eufórico abrazo de lágrimas alegres. Hadiya abrió temblorosa y emocionada ese paquete que contenía ropas, unos zapatos negros con ligero tacón y varias chocolatinas. El día pasó rápido con la misma velocidad que haría una canica celeste rodando por las jorobas de un camello. Esa noche en el campamento de Tinduf, la niña emocionada no conseguía dormir. Miraba a la madre feliz, sonriente, con miedo a que si cerraba sus ojos y después volviera a abrirlos desapareciera nuevamente de su lado. La madre sacó un libro con anotaciones propias y después de besarla en la frente, empezó a leer hasta que los ojos de Hadiya terminaron cerrándose…

       “Yo soñaba con un mundo mejor, más auténtico y sencillo. Donde prevalecieran los deseos humanos, las opiniones de los lugareños frente a los intereses económicos, territoriales y políticos desde invasoras naciones. Yo imaginaba un Sahara libre sin corona ni sable… Donde caían miles de enormes burbujas, botando como en un videojuego que una vez vi de casualidad, de plácidas ternuras, radiando fascinantes luces. Gigantescos globos magnéticos rebotando sobre la arena. Imantando el olvido hasta desenterrar unas minas que tanto destrozo causaban. Yo soñaba con un viento fresco, natural, único, claro como una bandera blanca ondeando, cubriendo el rojo de la sangre derramada. Imaginaba pequeños estandartes saharauis en una noria dando vueltas llevándose definitivamente la desolación de nuestras almas puras. Tras un muro de vergüenza se han quedado unas voces al otro lado, murmurando por el olvido más profundo en que la vida arrastra cautiva, ajena a toda razón y lógica. Yo soñaba que los ojos de mi niña nunca contengan mis actuales lágrimas…”

Autor: Vicente Gómez Quiles

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