I Concurso Literario por un Sahara Libre!

Oasis desérticos.

Llegamos de noche, todos estábamos callados, nuestras bocas silenciosas lo decían todo, nuestros labios sellados permanecían inertes. El cielo iluminado por las estrellas custodiaba nuestra llegada. Entrábamos en una zona desconocida, íbamos diez días en un campamento saharaui.

La luna nos observaba risueña, al entrar nos guiñó un ojo. Las familias nos esperaban. Nos recibieron con sencillez. Al vernos salir de las furgonetas nos observaron con atención. Sus ojos oscuros, vivos, nos escrutaban detenidamente, no querían perder ningún detalle.

Nosotros restábamos atónitos, a la expectativa. Íbamos a conocer la historia de un pueblo reprimido, de un territorio ocupado y la historia de unas personas que anhelan el sentimiento más puro de todos: la libertad.

Fuimos acogidos con amabilidad, nos recibieron con los brazos abiertos, sin ningún tipo de hostilidad. Fuimos recibidos con lisonjas y sonrisas, fuimos tratados con respeto. Nunca olvidaré la solidaridad y respeto del pueblo saharaui, nunca olvidaré su hospitalidad. En ningún momento nos sentimos solos, siempre teníamos sus consejos, su apoyo y su cuidado.

Delante de nosotros se abría un horizonte lleno de casas de barro, de haimas. Las haimas, edificaciones sencillas, se extendían por todo el desierto cubriéndolo de un matiz marrón. Y, en el fondo, la luna inescrutable vigilaba nuestros pasos. Nos dividimos en grupos, y cada grupo fue a una haima particular.

Al vivir y convivir con familias, vimos que detrás de esta historia de rasgos bélicos e injustos, hay personas, seres sensibles con ansias de conseguir su tierra. Detrás de tanto hermetismo y difamación, hay un pueblo unido y cohesionado, hay un grupo que lucha por el bien común y por el deseo de todos.

Durante diez días vivimos una experiencia dulce pero sazonada con momentos duros llenos de pensamientos y reflexiones. Muchos días, con mucha frecuencia, nuestras lágrimas caían a borbotones, no podíamos evitar sentir impotencia y rabia frente a esta situación.

Vimos sufrimiento callado con abnegación, vimos injusticias, pero la gente se vestía con la capa de la esperanza e izaban cada día la bandera de la libertad.

Durante estos diez días, todos perdimos la noción del tiempo. El tiempo fluía, el tiempo no tenía tiempo. Y durante este no-tiempo, pudimos desentrañar el enmarañado de dudas y lagunas que hay sobre la historia y el conflicto saharaui. Conocimos muchos hechos y muchas consecuencias, y vimos que hasta los niños, estos seres tiernos e inocentes, son partícipes de su realidad y quieren lo mismo que todos.

Los niños, todos, de carácter vivaz, enérgico y talentoso, eran conscientes de que no viven en su territorio real. Saben que viven en un lugar de paso. Ansían y quieren lo mismo que los demás.

Al visitar museos y al ver y escuchar el testimonio oral de los ciudadanos, nos pudimos percatar de su realidad y pudimos conocer su situación real. No se nos escapó ningún detalle, íbamos zurciendo todos los retazos para conseguir atar todos los cabos.

Los saharauis han sido tratados de forma ignominiosa, humillante. Han sido  despojados de su dignidad y de su sitio.

Pero ellos, este pueblo de rasgos duros y facciones marcadas, lucha y espera, este pueblo no se amedrenta, este pueblo levanta el puño y pide paz. El Sáhara es un pájaro blanco, un pájaro pequeño, diminuto, que quiere salir de su jaula y volar con libre albedrío. Este pájaro vive enjaulado, esposado, pero poco a poco va fortaleciendo su cuerpo y se va desatando de todas estas ligaduras.

Al terminar el viaje, nos sentimos vacíos. Había sido una experiencia corta, fugaz pero a la vez intensa e inolvidable. En diez días nos sentimos ligados a este pueblo, nos sentimos parte de ellos, y con ellos queremos luchar, queremos romper todas las barreras y todos los muros de silencio.

Cuando el avión despegó, nuestra experiencia terminó, nuestra experiencia también se alejaba, pero el recuerdo de todo lo vivido es algo que nunca se olvida. El retrato de nuestros diez días es un cuadro inmortal que se encuentra en nuestro corazón.

La experiencia nos ha hecho crecer, y nos ha hecho comprobar que si  todos tenemos el mismo objetivo, el mismo sueño y juntos luchamos y hacemos piña, podemos triunfar.

Puedo afirmar con vehemencia y sin miedos que todos vimos lo mismo: vimos un pueblo austero, sencillo pero unido, un pueblo valiente y fuerte. Vimos un pueblo sin generaciones, un pueblo sin distinciones, vimos un pueblo amistoso, dónde todos unidos y reunidos luchan.

El Sáhara va avanzando a tientas, pero con pasos firmes y seguros. Las sombras del pasado y el presente se unen para avanzar  y progresar.  El pasado es una puerta sin llave, el futuro es incierto, pero el presente es una lucha constante.

El Sáhara está en guerra, el Sáhara está envuelto en una situación conflictiva, el Sáhara está en lucha.

Su lucha es constante, incesante, tomada con decisión  y determinación.

En su lucha no se destripan ni desgarran vísceras, en su lucha no hay ríos de sangre, en su lucha hay sueños y esperanzas.

Su lucha parece imperceptible, pero es una lucha pacífica, importante. Es una lucha de generaciones, pasadas y venideras.

Su lucha no tiene reloj. Su lucha es un mar. Su lucha es el viento que mece el árbol del crecimiento. Su lucha es una vida eterna e inmortal.

SU LUCHA ES FUTURO.

Autor: Jordi Salvadó Rafí

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