I Concurso Literario por un Sahara Libre!

VIVIR EN EL DESIERTO

Ahmed sale a pasear por el desierto. La misma rutina de todos los días. Su vida hace tiempo que no se altera demasiado. Algún visitante nuevo, un viaje a otro campamento, una nueva tarea a realizar, un paquete que manda algún amigo o alguna celebración familiar o vecinal son todas las novedades posibles.

El sol, pega duro desde hace años, y su piel ya está curtida. Habla con todo el mundo con el que se junta, y comenta cómo está la situación. No hay muchas novedades. La ayuda humanitaria llega cada vez en menor medida y hay días en los que ni siquiera hay para comer.

Cada día le cuesta más dar su paseo. Son muchos años viviendo en pleno desierto y su cuerpo está muy castigado. Además de la desnutrición y las altas temperaturas que tiene que soportar, sus heridas de los tiempos de la guerra tampoco le ayudan. Mira sus cicatrices con orgullo, mientras piensa que otras muchas en su cabeza ni siquiera se han cerrado.

Mientras pasea se encuentra a su amigo Mahmoud. Ya sabe lo que toca. Ambos entran en la haima y se ponen a charlar pausadamente. Lo harán alrededor del té. Eso nunca les falla y les sirve de excusa para la tertulia, además de intentar engañar al estómago.

Se toman el primero, a Ahmed le sabe amargo, como su vida en el desierto. Amargo por la injusta situación que llevan viviendo durante años, por sus condiciones de vida, sus problemas de salud, por la situación de sus semejantes. Ahmed se sabe gravemente enfermo, pero le preocupa más la gente joven. Charlan sobre ello, una vez más, pero sin ver soluciones a medio plazo. La lucha de varias generaciones tiene que dar sus frutos, cada vez más noticias en los medios de comunicación mundiales, sobre nuestro pueblo y nuestra situación, intentan pensar con optimismo, aunque son conscientes que de momento nada cambia.

Toman el segundo té, éste le sabe dulce y piensa en el amor. En su vida personal  y en el amor a su pueblo. Amor a las que han sido sus esposas y a sus hijos y ahora a todos sus nietos. Amor a toda la familia que han formado y educado. Amor a los que ya no están. Amor a toda esa gente que acoge a sus nietos y vienen de vez en cuando a ayudarles, y que le hablan de cosas tan extrañas para él, como grifos, duchas o tazas de wáter.

Y también piensa en el amor a su pueblo y a sus gentes. Sabe que les ha dado todo, pero tiene la sensación de que su pueblo le ha dado aún mucho más a él.

Toma el tercer té. A Ahmed le parece suave. ¡Maldición! Sabe lo que representa. Es consciente de que el final se acerca, así que quiere hacer un último esfuerzo. Pese a su dificultad para incorporarse, se acerca a la escuela del campamento. Llega a duras penas, se asoma por el cristal y sonríe. Lo hace en todas las clases que encuentra. Y esa misma sonrisa le acompaña en su lento recorrido de vuelta a su haima. No la perderá en lo que le queda de vida, sea mucha o poca, pues ha podido sentir en todos y cada uno de los niños y las niñas que ha visto, que su pueblo algún día será libre.


Autor: Aitor Iragi Eraul

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