II Concurso Literario por un Sahara Libre!

He encontrado la solución para el conflicto de mi país

Todo empezó hace unos meses, mientras me sentaba en aquella suave duna y simplemente me sentaba a esperar. No preguntes, ni siquiera yo sé que espero. Nací  aquí, aquí en los Campamentos Refugiados Saharauis de Tindouf. Podría decirte que me he pasado toda mi vida viendo como, desde niños a abuelos, se sentaban a esperar, y así me educaron. Pero, ¿quién es capaz de aguantar toda una vida esperando? ¿Tú podrías vivir sabiendo que te separa de tu madre un muro? Un muro de millones y millones de kilómetros.

Nunca vi a mi madre. Me crié con mi abuela, una gran mujer. Pero como te estaba diciendo hace unos meses me vino esta idea a la cabeza, pues hace unos meses todo mi mundo cambió. Por qué te estarás preguntando… bueno, murió la mujer de mi vida, mi abuela. Fue uno de esos momentos en los que la vida te mete tal hostia, que ya no sabes hacia dónde ir, ni a dónde mirar. Fueron días duros. Días en los que lo único que hacía era pensar algo para poder ver a mi madre y abandonar esta soledad. Así que, por mí y por mi país llegué a la gran conclusión.

Me gustaría que me contestaras a algo antes de continuar con esto; ¿Qué pensarías tú si la vida de tu familia, la de tu País, fuese solo un juego para los que están arriba y jugaran con vuestras vidas como meros títeres? Digamos que los que me persiguen, contra los que luchaba, querían silenciarme con la muerte por querer evitar esta injusticia. La injusticia que comete Marruecos al pueblo Saharaui.

Mi plan era simple y a la vez complejo. Simples ecuaciones de primer grado, que si las distribuías  con inteligencia, se conseguiría la más grata recompensa. La llamada Libertad.

Primero contacte con mis primos, mis amigos de la infancia, mis amigos actuales, a todo mí alrededor que quería ayudar y te aseguro que todos quisieron. Pues estaban hartos de esperar, esperar mediante el engaño. Mi plan no era crear una guerra directa, para nada. Mi plan era utilizar la estrategia, éramos pocos para los muchos que eran ellos.

Cruzamos en Land Rovers el desierto del Sahara camino a Mauritania. Donde se encontraba mi hermano, el cual había estudiado ingeniería química en España, el País que nos vendió. Yo no entendía mucho de la ingeniería química, pero sabía que nos podría ayudar.

Nada más verle, le conté mi plan, y que había conmigo 156 personas dispuestas a ayudar dando su propia vida. Él intentó aconsejarme, y hacerme entrar en razón, pues como a muchos otros, a mi hermano le habían envenenado la cabeza con la idea de que la ONU algún día haría algo por nosotros. Algo más que darnos incomestibles latas de sardinas. Cuando vio que no cambiaría mi idea por nada del mundo, me dijo que él podría fabricar bombas caseras. Me explicó que eran simples de hacer, y la persona que la tuviera solo debería tirar de un cable amarillo y ésta acabaría con los de todo su alrededor a unos 15 kilómetros cuadrados. Era una bestialidad, pero era perfecto. Se notaba que aquel cabezón era mi hermano, nunca habría tenido mejor idea.

Procuramos comprar todo el material en Mauritania. Papel aluminio, cables rojos, azules, amarillos y más colores. Cogimos también comida para el trayecto, éramos demasiadas personas para poder aguantar vivos en el Sahara Ocupado.

Atravesamos toda Mauritania, evitando que cualquier persona se diera cuenta de nuestro plan. Teníamos todo planeado, al otro lado nos esperaban los creadores del campamento de Gdeim Izik, el gran ejemplo de nuestra lucha. Y solo tendríamos que atravesar la frontera y explicarles el plan, seguidamente sería solo la práctica. Y no pasaba nada si moríamos, siempre me ha marcado la frase que decía mi abuelo “Recuerda pequeño, es mejor morir con la cabeza alta, y no vivir permitiendo que dominen tus palabras”. Nunca pude haber tenido mejor educación.

Tuvimos problemas al atravesar la frontera, ya que muchos no tenían papeles y tuvieron que decir que eran saharauis que querían ser marroquís. El peor sentimiento que le puede ocurrir a un saharaui es ese, decir que quieres ser del bando de tu enemigo. Pero llegados a ese momento, teníamos que hacer todo lo que pudiéramos, no había vuelta atrás.

A muchos de ellos se los llevaron los soldados marroquís y les pincharon una especie de droga que les mantenía dormidos, es decir, mitad tontos. Perdimos a muchos hombres por culpa de esa maldita vacuna, pero no había problemas, aun teníamos personas, y gracias a esa situación nuestra rabia aumento más.

Nos juntamos en casa de un saharaui llamado Abdoullah. Nos enseñó un mapa de las zonas importantes del Sahara dónde solían estar las tropas marroquís. Pero nosotros queríamos atacar al Rey, el llamado Mohamed VI. Sería difícil, pero jamás imposible. Y dio la casualidad que ese mismo fin de semana iba a ir este personaje al Aiún, capital del Sahara Occidental.

Nos distribuimos por distintas zonas del Sahara, unos fueron a Dajla, otros a Smara, otros a Auserd, otros a Tantán. Y la idea era atacar con nuestras bombas en las zonas donde estaban los cuarteles de la policía, al grito de “Sahara Hurra”. La hora clave eran las 17 de la tarde del  8 de marzo, hora y día en el que estaba el Mohamed en el Aiún. Yo me encargaba de Mohamed.

Llegó el día, ya solo faltaba actuar. Decidí ir solo a ver el espectáculo del Rey. Mi hermano tuvo que explicarme como se fabricaban las bombas, pues habría demasiados guardias y no podría pasarlo. En la puerta había 12 guardias justos. Me cachearon, y seguidamente me pidieron la documentación. Yo amablemente y con un inexplicable sentimiento de impotencia se la di. Al ver que mi nacionalidad era argelina rieron entre ellos, murmurando “Otro saharaui que se vende, no valen la pena”. Pero no me importo, pues el que ríe último, siempre ríe mejor. Tras muchas preguntas me dejaron pasar. Me dirigí al baño, y me di cuenta que me estaba siguiendo un soldado. Así que fui y me metí en el cuarto de baño, tiré de la cadena y salí. Me pregunto qué hacía ahí, yo me reí y le dije que el baño solo está para una cosa. Era irónica mi respuesta como su pregunta. Me miró de arriba abajo, rió y me estrechó la mano.

Salí de allí tan rápido como pude, miré que ya no me seguía nadie. Así que antes de que empezara el discurso del  Rey, tenía escasos 15 minutos para fabricar la bomba y salir a la espera de que llegará ese ser. Fui a otro servicio, saludé a un hombre que estaba lavándose las manos, y cerré la puerta del baño. Un poquito de ácido acético, polvos que solo un ingeniero entendería, rodeado con el papel aluminio, seguidamente se cruzaban un par de cables, y voilá! Perfecto. Me lo metí en una mochila que llevaba y salí lo antes posible.

Me coloqué delante, quería verle la cara de cerca a ese tal Mohamed… Entró con su típica vestimenta blanca, saludo a unos marroquís viejos que había delante de mí, todos le besaban la mano. Todos. Tanto niños pequeños, como mujeres, como hombres. Y lo más triste es que los saharauis también lo hacían.

Aún faltaban 5 minutos para las 17, no podía adelantarme. Se acerco a mí y me dio su mano. Nunca he odiado tanto a una persona como he odiado a ese ser, ¿y encima debo besarle la mano?

Pero no podía echar el plan a perder ahora, ahora que ya estaba todo hecho. Me odié a mi mismo por hacer lo que iba a hacer. Me agaché y le besé la mano, mientras él colocaba su mano sobre mi cabeza. Solo podía imaginarme en el momento que la bomba hiciese de él cenizas. Todo mi odio aumento en escasos segundos, quería verle ya muerto, como él había matado a los míos. Que menos que un ojo por ojo, y diente por diente, Gandhi tenía razón cuando decía que “Ojo por ojo y todos acabaremos ciegos”. Pero esta teoría no se aplicaba en este momento. Pues no hay nada más placentero que pagar con la misma medicina a quién te ha hecho sufrir más de 35 años.

Se alejó 2 metros y empezó a leer unas hojas que tenía, me miró dos o tres veces. Yo no paraba de mirar el reloj. Ya era el momento, saqué la bomba y grité con todas mis fuerzas “SAHARA HURRA”.

Es cierto que perdí la vida, y es cierto que tal vez estas palabras de este soñador no las lea nunca nadie. Pero también es cierto que gracias a la muerte de los que decidimos levantarnos, hoy ondea la bandera saharaui en el centro del Aiún, mientras los niños cantan nuestro himno antes de entrar al colegio. Porque también es cierto que, mientras un único insensato defienda una causa, ésta nunca morirá. Y lo conseguimos.

 Wafa Mhamdi

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2 pensamientos en “He encontrado la solución para el conflicto de mi país

  1. Muy bonito, pero triste, tener que recurrir a perder la vida por intereses ocultos de unos cuantos dirigentes desalmados… Es solo un relato y seguro que a pasado por la cabeza de la mitad de los saharawis. Suerte y como siempre: Sahara Libre.

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