II Concurso Literario por un Sahara Libre!

El desierto sin pájaros

He encontrado la solución para el conflicto saharaui…

Llevo tantos días aquí que estoy empezando a pensar que voy a pasarme aquí
100 días, de soledad. El lugar donde duermo y en el que me encuentro es el antiguo desierto saharaui. Todas las mañanas, mi primera hora del día tiene un innegable colorido. Desayuno con arena y esperanzas. Tengo también a esos pájaros raros a medio metro de distancia, con la mirada fija en los alimentos.

Este bello desierto junto a la Vieja Europa que describe mi compañero de aventuras en sus sueños. Ayer me contó un viaje, que supuestamente hicimos los dos a Cuba, hace muchos años.

“Te acuerdas como salimos escaldados de la habitación. Sin sexo y con 90 dólares menos en los bolsillos. Aquellas putas cubanas nos habían engañado como a dos idiotas.

—Un viaje pol el placel, mi amol, los cuatro… —decía la mía.
Y tú con los ojos clavados en la espalda del deseo, ni siquiera en las curvas más
calientes de la isla. Los ojos se clavaban en el aroma de las palabras dulces, en cómo te dicen las cosas al oído, sin que sospeches lo que sabes, que son jineteras (prostitutas, putas cubanas); imaginas instantes que no volverán a suceder en ninguna extraña porción de tu futura vida”.

¿Y me lo cuentas ahora, que estamos buscando la solución para el conflicto
saharaui?

“Te acuerdas que nos dijeron que acabaríamos casados, con niños y que esto no se volvería a repetir; los dos debíamos pensar algo así, aunque el momento fuese inoportuno para pensar algo decente. Los cuatro dentro de una misma cama, ¡una orgía!, con todas las letras, en una cama cubana; redonda o alargada. Esa cama sería el goce del dulce sabrosón de las caderas cubanas. Parecíamos dos adolescentes imberbes con ganas de perderlo todo (sobre todo el poco dinero que nos quedaba) para probar lo que no volveríamos a repetir en la vida”.

Yo quería buscar una solución a esto…

“Te acuerdas, dos turistas sexuales haciendo cabalgar a las famosas jineteras
cubanas. Pero como casi todo en esta vida, la cosa se torció. La cama era estrecha. Un cuartucho de paredes acartonadas y desconchadas, que servían de lecho a la abuela de una de las dos putas.
—En cinco minutos saco a la mamá del colchón —dijo la tuya.
No recuerdo la cara de las dos putas, pero la mirada de la vieja la guardaré para
siempre. Mezcla de sueño y alegría. Extraña manera de entender lo que hacía su nieta, pero estaba acostumbrada. Entre sus huesudas manos estaban las joyas que robaba su nieto a las señoras que buscaban jóvenes cubanos para cabalgar. Era la vieja más enjoyada de la isla. Y allí se quedó la cama…. Vacía y con la mirada de la vieja en mi cabeza. El resto fue penoso. No conseguí enderezar el rumbo de mi polla, no podía olvidar la cara de la vieja enjoyada. Las jineteras no se cansaban de reír.
—No había visto nunca una pinga tan pequeña —dijeron las dos.

Al menos mi amigo consiguió tocarle las tetas a su puta. Y la mía no conseguía
enderezar mi miembro. El resto es historia. Historias de Cuba.

Pero ahora estamos en el desierto sin pájaros. Sin soluciones posibles. Aquí todo parece una ficción de García Márquez.

La tarde está hecha para que duela la espalda, y el sonido de la radio de fondo te avisa de que las horas son más largas en primavera, o el camino más corto en invierno.

El peso de la espalda está acorde con la cantidad de mierda que quieras llevan encima: los libros, los discos de toda una vida, los recortes del periódico. Aquí me quedo. En éste desierto sin pájaros y sin soluciones. La tarde se convirtió en un saco (en tres) de recuerdos tirados a la basura. Necesitaba romper con algo de mi vida, estar vivo demostrándolo de alguna manera. No voy a solucionar el problema saharaui, pero voy a intentar solucionar el mío.

Toda esa furia descontrolada por acabar con ésta vida y empezar una nueva,
empezó por la adjudicación de los días de vacaciones en el trabajo. A mí me tocaba la peor parte: no coincidir dos semanas con mi mujer, mientras el resto sí que lo podría hacer.

—Ya sé que tú eres quien más pringa, pero éste año no se puede hacer otra cosa —me dijo la hija de puta de la jefa.

Horas antes había alzado la voz reclamando mis derechos ante los oídos sordos de quien no tiene posibilidad de decidir, pero después, en el momento de la verdad, no he tenido el suficiente valor para contradecir nada. Me quedé con la vista perdida, pensando en un lugar de trabajo diferente a éste. Ya hace más de trece años que estaba metido allí. Por eso me vine al desierto a pensar en soluciones que nadie encontrará

El pensamiento olvidado. El pasar de los días tiene la mala consejera del olvido. Ahora ya no debería acordarme de Natalia, ni de las clases de literatura, pero sueño con ella mientras duermo. El pensamiento olvidado rescata la imagen que me quiero quedar en la mente justo el instante antes de que el sueño me atrape. Sé que en ese momento estoy abrazando a mi mujer, enfadado por los días de vacaciones que no coincidiremos, pero pensando en otra. Y sé que me estoy jugando más que mi futuro al escribir estas cosas. Pero los días pasan, las carencias afectivas volverán a aflorar, olvidaré a Natalia,
porque ella ni siquiera ha pensado un segundo en mí. El pensamiento olvidado es eso: pensar en una persona que no piensa en ti mientras abrazas a tu mujer. Me duermo.

Las tres de la mañana. Pocas veces te encuentras despierto a esas horas: las tres de la mañana; y las luces del desierto emitiendo noticias las veinticuatro horas, sin voz, con la esfinge petrificada de una señora rubia que tiene la boca abierta y el cerebro parece cerrado. Mueve los labios con los ojos inmóviles. Creo que es un fantasma metido en mi mente.

Me acuesto sobre la arena del desierto y no puedo dormir. No sé qué pensar para relajarme. Estoy dándole vueltas a los recortes de periódico lanzados a la basura.

“¿Habré hecho bien lanzándolos todos?”, me lo pregunto, miro el reloj y no consigo dormirme. Las tres y media, las cuatro, las cuatro y media, las cinco… Creo que me he convertido en un insomne perdido. Al llegar la hora de la sinfonía que toca cada mañana el despertador me quedo dormido. Son las 6:22. El perro debe dormir, mi mujer dormirá

Me levanto tan rápido como puedo, me visto, orino, me lavo los dientes y pienso en una solución. He lanzado otra bolsa de recortes de diario con posibles soluciones al problema y no me ha gustado ninguna. No he sentido nada especial. Pero no puedo con todo. Además, creo que esta tarde lloverá como nunca lo ha hecho aquí. Me tendré que quedar sentado en mi metro cuadrado oyendo los aullidos de los pájaros inexistentes que a su manera piden una solución, o que quizás quieren salir a defecar. La tarde se
presenta con dolor de espalda y los intestinos de los pájaros del desierto inflados, llenos de las sobras de la comida de ayer.

Al final, me olvidé de cuál era la solución que había pensado al conflicto saharaui…

Sam Corcobado Moreno

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