II Concurso Literario por un Sahara Libre!

El niño caprichoso

He encontrado la solución para el conflicto saharaui. Me pregunto por qué una medida tan sencilla no llega a aplicarse. No obstante, encuentro la respuesta al ver que las súplicas de unos se anteponen a los caprichos de otros. En las noticias ya se habla de ello, pero es posible explicarlo de distinta manera.

En cierta ocasión, un niño jugaba con un balón en la calle. No muy lejos de donde estaba, otro niño vio cómo se divertía. De pronto, sintió una enorme codicia. Quería tener esa misma pelota. Él no era pobre, pues su habitación siempre estaba repleta de juguetes; pero en pocos días se cansaba de ellos. No se contentaba hasta que sus padres le compraban juguetes nuevos.

Un día, el niño malcriado volvió a ver el balón que tanto anhelaba. Esa vez, su
dueño no se encontraba en el jardín. Probablemente estaría en el jardín de su casa. Como no había nadie, entró con mucha cautela y se llevó la pelota.

Aunque tenía en sus manos algo que no era suyo, no sintió ningún remordimiento. Cuando sus padres le vieron con su nuevo juguete, le preguntaron dónde lo había encontrado. Él contestó que estaba tirado en la calle. Como era de esperar, el niño caprichoso no jugaba mucho con el balón. Y cuando lo hacía, le acribillaba tales golpes que de ser algo vivo no dudaría en quejarse.

Una mañana, encontrándose rodeado de juguetes en el jardín de su casa, pasaba por allí el anterior dueño de la pelota. Enseguida se dio cuenta de quién se la había quitado.

–Esa pelota es mía –dijo.

– ¡Pues ya no! –replicó el niño caprichoso– ¡Es mía!

–Tú entraste al jardín de mi casa y te la llevaste. ¿A que sí?

–Ahora es uno de mis juguetes.

Debido a la discusión, los padres del niño malcriado salieron al jardín. Antes de que alguno de los dos pudiera hacer algo, el balón se iluminó y ascendió hasta llegar a un metro del suelo. El niño caprichoso se dispuso a atraparlo, pero cuando lo tocó, éste se convirtió en destellos de luz que resplandecieron hasta consumirse por completo. Su cara mostraba una mala impresión, mientras que el otro niño sonreía. En realidad, el balón no quería pertenecer a nadie.

Úrsula Melgar Arjona

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