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Visita a mi tierra ocupada (Capítulo 1): La frontera norte

Un escalofría recorría todo mi cuerpo, una gran sensación de impotencia y rabia me invadía. Apretaba los dientes, queriendo  rompérmelos  con todas mis fuerzas. Encerraba mis lágrimas para no dilatar mis sentimientos. Cruzamos la frontera, una mañana calurosa de agosto. A penas pude reconocer el poste fronterizo, una guarida en ruinas, que permanecía en el tiempo. Al costado derecho, un inmenso mar, al otro, un desierto infinito. En un lapso de tiempo, pasaron por mi cabeza una serie de episodios traumáticos: por un lado, veía la imagen de una larga columna de invasores, portando banderas de color rojo sangre. Por otro lado, veía, a mis antepasados, algunos limando sus espadas para la lucha, otros siguiendo su vida diaria, aferrándose a falsas promesas.  Pasado el puesto fronterizo, un minarete y unas construcciones rinden homenaje al terror y a la barbarie. Veía aquel monumento y a la vez recordaba los campamentos de refugiados, el exilio, la separación de mi pueblo, el sufrimiento. Cerraba los ojos y me consolaba pensando que este homenaje, algún día será borrado del mapa.

A través de los cristales del autobús, observaba atónito, a un lado y a otro. Quería empaparme de historia, quería recordar ese momento, tomar una instantánea de aquel sentimiento. Evitaba parpadear para no perder el tiempo. Esta es mi tierra, esta es mi patria, me autoafirmaba en mí mismo, aquí me puedo sentir en casa, este es mi mar, esta es mi tierra… En ese instante, en mi interior, dediqué unas palabras a aquella tierra, que soñaba con pisar:

Vine a conocerte, mis ansias de saber cómo eres, a qué huele tu mar, cómo sienta tu brisa, no pudieron esperar. Aunque estés en otras manos, no pude reprimir este sentimiento. Son muchos años soñando con un regreso, pero no este. Vine simplemente a enamorarme más de ti. Una vez aquí, te siento oprimida, tu aire no huele a la libertad, tus habitantes no son libres. El mástil de la bandera rojo sangre, no hace más que llagas en tu piel. Volveré, pero será un regreso para quitarte estas púas que te hieren.

Atónito, fui incapaz de cerrar los ojos. El nudo de mi garganta no me dejaba tragar saliva. El autobús avanzaba, se me hacía pequeño, moría de ganas por bajar y caminar descalzo por la playa, de oler la tierra, de sentir que pisaba, por fin, el suelo del que tanto había  oído hablar. Fue un tiempo interminable, desde que el autobús cruzó la frontera hasta que realizó su primera parada. Mientras tanto, mi corazón se aceleraba al ver los nombres en cada cartel o hito que veía: Laayoune ..km, Dajla..km, Bir Ghanduz..Smara…km.

Saleh Brahim

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