Hablamos con

EL MURO DEL SILENCIO

Legbeila entrò sòla.

Nadie había usado las mantas, que estaban  donde siempre, apiladas en el mismo rincón. El yermo juego de té bajo el poste central de la jaima era testigo mudo de un silencio terrible. Solo estaba el olor a bajur que se mantenía en el brasero encendido.

El humo salía por la ventana mientras que el murmullo del viento hacía su fantasmal puesta en escena por entre las cortinas de la casa medio derruida.

Ahí estaba ella, inmóvil, apenas cruzado el dintel de la entrada, mientras la brisa de la tarde sacudía su mejor meljfa.

Es saharaui. No ha cumplido los cuarenta pero hace demasiado tiempo que la soledad infinita se apoderó de su vida como la arena se apodera del desierto y la noche cae sobre los sueños desvelados.

Legbeila siempre va sobre sus propios pasos. Su semblante parece permanecer impasible pero se marchita a medida que ve pasar los dias y las estaciones.

Daora está perdida dentro de un vientre de piedra.

Es la hamada. Es el desierto más cruel. Es el tiempo detenido. La vida es arena y es estar lejos. Muy lejos

Palabras como Patria o Tierra también se fueron. Quién sabe si para siempre.

A Legbeila le esta consumiendo su propia rutina y a la vez es lo único que la rescata de la desesperación. Se agarra a su tremenda fe en que cualquier día encontrará a su marido por fin en casa.

 Hace años que no se plantea sus días porque son todos el mismo. Se ha acostumbrado a no buscar nada porque sabe que casi nada puede esperar ya.

Nayat y Sara están estudiando en España. Pensó que quizás fuera lo mejor. No quería que sus hijas corrieran su misma suerte. Quería que aprendieran. Que pudieran decirle al mundo desde una atalaya más alta donde estén sus padres. Que tuvieran una vida lejos de ese infierno. Un futuro mejor.

Conserva a su lado a su madre, Nafisa, como una prueba viviente de su historia y apenas algunas cabras. Vive en un mundo que es infinitamente pequeño comparado con su alma.

 Mojtar pertenece al ejército desde los dieciséis años. Es un hombre fuerte. Con la cara marcada y teñida por el sol. Sólo esa vez su voz tembló. Sólo en ese momento casi se desmorona. Le han comunicado que su nuevo destino es un puesto militar frente al Muro.

 Lo conocía bien. Muchas veces fue de niño a buscar pasto para los camellos de su abuelo con la única compañía de su mula y colocaba piedras alrededor de las minas que veía a su paso para avisar a los errantes de que estaban en los limites del mujayam.

Iba pensando en los que no habían tenido tanta suerte. En la infancia atada a una muleta. En el momento en que los oídos pitan y todo se para. En ese instante en que no oyes ni tus propios gritos. Cuando vuelves a abrir los ojos la inocencia se ha ido. Se ha perdido como la esperanza de todo un Pueblo.

En su puesto de control todos los días son iguales. Observan y son observados. En silencio permanecen atentos como testigos de la última guerra fría del mundo y presencian una y otra vez una de las mayores injusticias. Hasta donde alcanza la vista, al otro lado del muro están los verdugos y el paraíso negado. Más allá familias destrozadas. Divide y vencerás pensaría el odiado monarca. Y ese otro mundo que han oído de sus padres y abuelos. A la vez estén muy cerca y demasiado lejos. Los súbditos del sátrapa marroquì protegen su pieza como los buitres defienden su carroña.

Ya hace algún tiempo que la esperanza y las ilusiones han sido sustituidas por ganas de combatir.

Mojtar se ve a él mismo en los jóvenes que acaban de llegar de la academia militar. Su astío les hace no entender nada. Andan perdidos. Desorientados por la rabia.

Los cuarenta años en medio de ningún sitio y el hecho de no existir. Quizás sea lo peor. Reivindicar continuamente tu existencia, ¿cómo es posible?. ¿A dónde pertenecemos?. ¿Quienes somos?. Muchas preguntas resuenan sin respuesta en un eco sin fin.

Están determinados a ir a la guerra. No quieren ésta muerte lenta y están dispuestos a dar su vida por cambiar un poquito las cosas. Porque quizás el eco de un disparo en el mujayam resuene en la podrida conciencia de Occidente. Para con un poco de suerte ocupar un titular en los medios extranjeros.Todo por conseguir por fin de alguna manera la ansiada libertad prometida que tanto se resiste y que nadie ha sido capaz de conseguirles nunca.

Es el problema de sentirse sólo, a lo que ayuda muchísimo el paisaje de ese maldito exilio. Piedras y desolación. La nada más absoluta. Hay que agarrarse a lo que sea para intentar seguir viviendo.

Mojtar anota en su cuaderno sus pensamientos. Le ayuda a evadirse de su penosa realidad.

Le escribe a Legbeila y piensa en cómo serían sus vidas en el Sàhara. El de verdad. El que les robaron los verdugos del tiempo junto a todos sus sueños.

Piensa en El Aaiun. En lo distintas que hubieron sido sus vidas. En pasear por la playa de la mano de su esposa mientras juega con sus hijas.

En el fondo tiene la convicción de que a nadie le importa. Parece como si el destino de los saharauis estuviera fijado por un azar terrible.

Mientras, los días se acumulan y la paciencia se consume en la hamada más dura del mundo otra vez.

 

 Josè Ramòn Gimènez Torres

 

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