Hablamos con

LA LUNA DESCOLGADA

La luna descolgada sonreía y animaba a Badra, quizás porque su madre cuando la parió y la saco de entre sus pliegues ya supo que ese sería su nombre..

Miraba más allá de la luz que la noche regala a los que esperan su llegada, columpiándose en la sonrisa de la luna.

No quería esperar más tiempo, deseaba vivir en un lugar donde poder sentir cada mañana el aire ,donde poder sonreír sin miedos y sobretodo deseaba volver a encontrarse con la mirada tierna de su hermana Habiba.

Ya habían pasado cinco años desde que Habiba  decidió marcharse en busca de una vida digna. Su familia no se opuso , su madre la miró clavando sus ojos oscuros en ella y le enganchó ,con un barrette francés de perlas nupciales ,el flequillo negro de su pelo. Era la única herencia familiar que se conservaba y con ella la estela de la destrucción de Smara y los restos allí encontrados.

Intuyó el futuro de su hija mayor. Ella ya lo había vivido. Formaba parte de las mujeres saharauis, aculturizadas en parte como efecto del colonialismo español y sedentarizadas en núcleos urbanos que tubo que afrontar  en 1975, sin estar preparadas, el inicio repentino de una vida nueva.

Su padre se retiró al pequeño corral arrastrando indiferencia; dos cabras  y algunas gallinas eran su posesión más preciada,aunque bajo esa capa de frialdad latiera un corazón paternal que se arrugaba en soledad .Él nunca lo demostraría. Badra con lágrimas inconsolables abrazó a su hermana siete años mayor que ella y entre sollozos le pidió que no se marchara.

Habiba, tierna y llena de amor la consoló prometiéndole que se volverían a reunir en unos años.

Badra creció con la luz de cada día y la esperanza con el mismo interrogante cada noche:

¿Hasta cuándo?…quizás mañana sea el fin de esta espera.

Su único hermano , Yaser , vivía sumergido en el rechazo al contacto afectivo y la negativa a los requerimientos verbales y su única actividad era el juego repetitivo de escurrir la arena entre sus manos continuamente.

Sin embargo los intento de sonrisa de su hermano llenaban de fuerza a Badra que se comía a besos su carita morena mientras lo hacía cómplice silencioso de sus deseos.

Sin duda fueron las vacaciones de verano que pasó en una casa de acogida en Telde lo que despertó en ella el deseo de volver a  ver a su hermana.

No sabía nada de ella .Durante cinco largos años no recibió ninguna noticia, y en casa su madre sufría en silencio mientras su padre alimentaba cada vez más la rabia y la ira.

La imágenes impactantes que a escondidas vio en la televisión del salón familiar hicieron que su corazón crujiera de tal forma que sitió un dolor físico que le acompañó durante el resto de las vacaciones.

Personas, solo personas que trataban de ir de un lugar a otro y que morían en el intento, enganchados no de la luna sino de la alambrada que se apoderaba de los cuerpos que inertes de dolor e impotencia colgaban con los ojos perdidos en ninguna parte . Repentinamente  le recordaron a la mirada ausente de Yaser.

Pensó en ella pero no podía ser. Su hermana se fue en avión desde Marruecos o al menos eso le dijo su madre.

Una vez más se acurrucó bajo el calor de la jaima su madre la miró y susurró buenas noches mientras tapaba cariñosamente a Yaser. Esa noche le pareció encontrar a su madre algo más feliz incluso adivinó una tímida sonrisa que se escondía en sus labios gruesos.

La mañana comenzó bulliciosa, risas de niños, mujeres que traían agua de los pozos ,y ,a lo lejos ,el ruido inconfundible de un motor diesel, quizás con ayuda solidaria de alimentos o medicinas.

Badra ayudó a su hermano a ponerse un pantaloncito de peto vaquero sin camiseta , se recogió su melena rizada en un moño y salió de la jaima.

Su madre estaba inmóvil mirando la cara de la joven que se había bajado del coche. Su padre dejó de ordeñar la cabra y se levantó con cierto nerviosismos cuando se percató de que aquella joven era su hija mayor, Habiba.

Las mujeres emitieron con fuerza su ezgarit  manifestando la alegría desbordada de la sorpresa mañanera que rompía la rutina opaca de cada día.

Lágrimas contenidas, abrazos inesperados y risas se mezclaron con el movimiento repetitivo de Yaser  que dejaba caer la arena entre sus dedos formando pequeñas jaimas en el desierto.

Loli Pérez 

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