Hablamos con

SI LES DICEN QUE CAÍ

38 horas de espera, de resistencia. Sigo. Inconsciente. Al otro lado las minas antipersona; aquí mi lápiz. Treinta y ocho  horas o años. ¿Quién es sabio para discernirlo? Al otro lado, portaminas; aquí porto mi corazón. No se entiende nada. Me bloqueo con mis pensamientos. Me bloquean. No entiendo ya… Nada. Me voy por momentos.

Gritos. Tampoco hoy podremos pasar a abrazarnos, a saber, a ser. Estoy bien; me flaquean las piernas. Siento el paladar duro. Mi lengua lo va a perforar. Más de ochenta estados, tal como creyeron en nosotros, nos olvidaron. Muchos congelaron relaciones.

Los rezos del imán de este lado nos profanan. No sé nada de vosotros. Solo os sabe mi mente. No florecen pensamientos en nuestras tierras. ¡Hay patrias agraciadas! No crecen ‘pensamientos’ a este lado ni al nuestro. En casa, aún menos, ahogados de no tener agua.

Se me nublan los ojos bajo el ya retraído sol. No hay sombra para quien espera, no hay sombra para quien desespera, no hay sombra. “Al enemigo ni sombra”, debió imponer el ocupante. Ladrón. Una oveja del otro lado bala; otra bala, pudo con mi amigo y quizás conmigo.

Sí. Tuve un amigo de cárcel. Un funcionario marroquí. Supe que me era leal porque él no tenía piel que al quemarse olía a corteza de cerdo. Supe más. Su padre compartía un ‘aliuish’ con el mío. Fue hace más de siete décadas. Y reían, se abrazaban orgullosos, dividían pan y se alimentaban con una ‘khalia’ cocinada por ellos.

Aquel hombre había nacido bajo la gran duna del Magreb, en Erg Chebbi. ¡Cómo reían juntos! Era posible y se me cruzan los recuerdos como trenes soterrados… ¡Gritos! “¡Dejadme pasad!”, exclamo como puedo. Lloro.

“¡No al muro marroquí!”, oigo que nadie escucha. “¡No al muro que moran los moros!”, escucho que nadie oye. Invisible. Sordo. Los perros asilvestrados no ladran… Solo sacan sus dientes al sol cuando uno de ellos defiende a su hembra en lunas de celo. Argelia sueña mar.

Él, el padre del amigo, llamaba hermano al mío. Llamaba la llama de quien llama, no, de quien… ¿Qué estaba diciendo? “Estoy bien”, me quiero hacer creer que estoy bien, como llegué a creer que de los 80 estados, casi una treintena aún nos apoyaba a la RASD en 2011. Fue un año después del 8 de noviembre de muerte, asesinato con arma marca ‘auto’-mática ‘Toyota Brado’. Ruedas a tumba abierta al cielo.

Una nube.

Silencio inesperado. Como el rojizo amanecer de Smara. Reivindico que me dejen pasar al otro lado, donde el sol que nos abandera es triangular, encarnado. “¿’Triángulo útil’?”, ironizo.

Una niña se seca líquido de ojos mientras su madre entona ‘Ana Saharauia’. No hay saxofón para su versión. Mariem Hassan, quizás, duerme en avión mientras continúa llevando nuestro mensaje allí donde sepan valorarlo. Y vuelvo a perder la respiración y casi me desplomo. Respiro: ¿Sabías que sean años sean días, 38 es un número compuesto, que tiene los factores propios 1, 2 y 19? ¿Lo sabías? No hay números compuestos para quien vuelve a casa. Ni sumas de factores ni números defectivos. A pesar de que para estudiantes de 80 estados del mundo, y para la mayoría de los del resto, 38 sea el número atómico del estroncio, ‘Sr’, fosfato en lámparas fluorecentes. Como la luna de nuestra wilaya.

Rebobino. ‘Sr’, del elemento químico estroncio, no de la abreviatura de señor.

Señor, padre, como el mío; madres de niños como Saad y Aya, madres de señores, si quieren… incluso -ya deliro- de ‘estroncios’, siguen buscando hijos, raíces humanas. Pero aquellos nuestros mayores ya no comparten con el hoy enemigo mantos inmaculados de cordero sobre los que rezar a un mismo dios. Colaboraron con rezos; les separa un muro: el del genocidio. Me da, me dio vergüenza, admito, decir que tuve un amigo marroquí en la cárcel. “Era tamazight”, me consuelo. Soñó con Al Magrib unido. Ahora bien, nunca quiso escribir árabe. Tenía su alfabeto primigenio. Pero bebieron juntos de la misma tetera en Errachidia. Eso sí, a su amigo, el padre del funcionario de prisiones, no le gustó el ‘ezragit’. Amargo día aquel.

El radar instalado entre arena, piedra y puestos de vigilancia electrónica y artillados sabrá que estoy aquí. Me mareo.

……………..

Quedo solo. Frío nocturno. Sed. Concluyo que sí hay sombra para el enemigo (cuando oscurece). Retomo el hilo mental. Soy como una avutarda hubara temerosa en mi Sáhara ‘Occipital’. Sí, occipital. Etiopía grita orgullosa aún no conquistada. No ocupada. Los míos vociferan afónicos desde dentro contra el eco que les devuelve sus reivindicaciones.

Diles a todos ellos, mujer. Dales, mujer. Diles, que como aquel al que aún lloran, yo no era técnico en una empresa de fosfatos, de estroncio. Dales, un beso mujer. Diles a nuestros hijos, que a diferencia de aquel otro, yo tampoco fui funcionario de cárceles de vergüenza. Dales. Recuérdame. Diles. Recuérdales.

Niégalo.

¡Ojalá aún esté caliente!

Law šá lláh.

Y, mujer, si les dicen que caí, diles que yo no f…

 Iban Gorriti

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